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Viernes , 26.04.2019 / 01:11 Hoy

Cartas oceánicas

Woods: la belleza de una derrota

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Ningún número uno tuvo un regreso tan grande como su caída: la trayectoria del Tiger Woods, una línea recta entre el cielo y el infierno, ayuda a comprender el peligro que el deporte enfrenta cuando cruza la línea del amateurismo al profesionalismo. Decir que el deportista amateur desaparece el día que cobra su primer cheque, es una teoría errónea: el espíritu del deportista profesional se fortalece desde el amateurismo más profundo; mientras más profesional se juegue, más amateur debe sentirse. Días antes del impacto, Woods gozaba de una enorme salud deportiva, o eso creímos todos al suponer que la fama, la fortuna, y el dominio total sobre un deporte elitista que había revolucionado un muchacho de la periferia, eran motivos suficientes para mirarlo como un atleta invencible. De pronto, todo parecía más importante que el campo de juego convertido en corredor industrial de una intensa batalla: la carrera del mejor golfista de la historia.

Llamarlo el deportista mejor pagado de todos los tiempos, empezó a volverse una definición que parecería generar más audiencia que sus constantes hazañas deportivas. El hombre que conquistó el mundo con una pelotita y un bastón, se estaba convirtiendo en el tigre de bengala de un gigantesco circo de mil pistas. Quedaba poco que contar más que dinero, la noticia dejó de ser el golfista, entonces se admiraba más al personaje que firmaba contratos millonarios cada día. Después sucedió aquello y todo acabó. Woods fue exhibido como un fenómeno económico y social. Acorralado y señalado, lo único que faltaba por saber era si el deporte también abandonaría al deportista. Jamás, el hombre de campo encontró su único abrigo en el viejo saco verde. La humildad le había devuelto la vocación por el golf. Woods tardó 11 años en volver porque lo hizo desde el origen del juego, ayer finalmente lo logró. Su título en Augusta no es un homenaje a la victoria, todo lo contrario, nos ensaña la importancia de valorar la derrota como parte esencial del egoísta deporte moderno: tanto ganas, tanto vales; es una filosofía que está criando aficiones insensibles. Perder puede ser hermoso. Tiger Woods, un portentoso ganador, es también, un fantástico perdedor.

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