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Sábado , 23.02.2019 / 11:21 Hoy

Cartas oceánicas

Portero

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Formando el equipo de atrás para adelante, México ha garantizado a su selección nacional una dinastía intachable, nuestros porteros representan como pocos jugadores en el campo, una de las mayores cualidades del deportista mexicano: arrojo y coraje. Desde una posición independiente y por momentos solitaria, en cuántas tardes durante los Mundiales deseamos tener tantos y tan buenos delanteros, como hemos tenido arqueros que pocas veces fallan.

Algo pasa con los recuerdos de un aficionado cuando muere un portero, su figura es paternal, la despedida es más cálida. Quizá sea por sus manos, que abrazan, detienen y acarician, que nos sentimos más cercanos que al resto. El secreto está en las manos de ese futbolista que nació portero y murió portero, tranquilizando y emocionando los juegos, hasta el punto de mantenerlos con vida. Dormirlos, mecerlos o arroparlos para siempre, entre esos clásicos suéteres a rayas.

Ser portero de México es casi un ministerio de Estado. Porque los porteros, sin importar de qué club vengan, son un poco los padres o hermanos mayores de la casa. Se entrenan para cuidarnos. Guardan, protegen, enseñan. Se vuelven patrimoniales, heroicos, son monumentales; será por eso que duran tanto. Los tipos diferentes, el muchacho loco, el jugador valiente. Se nace portero, se vive portero. El primero de los jugadores, el último de los futbolistas.

Más que una profesión, es una raza: la de portero. Y más que una raza, una raíz que crece en los estadios para ser madera de un cuadro. Sus lomos sostienen títulos, sus brazos levantan historias y con sus manos, amasan afición, porque se quedan, siempre están, viven uniformados igual. Todos abandonan pero ellos permanecen ahí, en los museos del club, inventariados como murallas, fortalezas o castillos. El portero es la conciencia de un equipo, el hombre que está en la puerta.

Recordemos a Pablo Larios homenajeando al tipo de futbolista más constante en México: nuestros porteros. De Antonio Carbajal a Ignacio Calderón, de Larios a Jorge Campos, de Oswaldo Sánchez a Guillermo Ochoa; deportistas con vocación de solitarios. Guardianes del sueño, vigilantes del campo, nuestros familiares, nuestros porteros mexicanos.

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