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Lunes , 18.03.2019 / 21:15 Hoy

Cartas oceánicas

Ella y Él

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Ninguna estadística vale tanto como elevar la calidad de un jugador a la potencia de un equipo: el factor Cristiano Ronaldo ha multiplicado el valor de la Juve, una institución centenaria cuya marca siempre destacó por encima del resto. Hay cinco clubes de futbol en el mundo que comen en la misma mesa: Barcelona, Real Madrid, Manchester United, Bayern Múnich y Juventus de Turín; Cristiano ha triunfado en tres de ellos: nada explica mejor el tamaño de este jugador. Su imponente figura sigue funcionando como franquicia. Una especie de sucursal que vende grandeza, en la que Juventus depositó una peligrosa cuota de confianza: le ofreció la mano de su Vieja Señora a uno de los delanteros más atractivos de todos los tiempos; la cautivó, desde ayer son Ella y Él.

En cualquier deporte colectivo, pero sobre todo en el futbol, resulta cada vez más difícil encontrar jugadores capaces de desarrollar un mercado o soportar las estructuras económicas de un equipo sobre sus espaldas. Cristiano lo ha hecho con una exuberante combinación de talento, trabajo y seguridad: solo existe un futbolista sobre la tierra que puede compararse con él, no hay ninguno que trabaje como él, y nadie se siente más importante que él. El resultado de ese carácter que lleva la competitividad al extremo confundiéndola con egoísmo, es extraordinario: Cristiano juega y vive al límite de sus capacidades, es la única forma en la que pudo emparejar su trayectoria a la de Messi: tan distintos y tan similares. Los tres goles con los que elimina al Atlético de una Champions League señalada para jugarse en el Metropolitano de Madrid, representan toda su crueldad ganadora. Es lo que se espera de un atacante que triunfó en el United, se volvió leyenda en el Real Madrid y está alcanzando niveles mitológicos con la Juventus de Turín.

Cuando las carreras de los grandes atletas se apagan, casi siempre los recordamos con una camiseta; no hay forma de identificar a Cristiano con alguna, lo suyo es otra cosa: no se conoce un futbolista en cualquier época, dispuesto a soportar tanta grandeza. El peso de estas tres camisetas hubiese doblado a la mayoría, no a Cristiano, que las sudó, las lavó, las planchó y las mandará guardar.

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