“Permítanme contarles la historia de un picudo del algodonero, quizá algunos de Ustedes no lo sepan, pero un picudo del algodonero es un insecto y se le encuentra donde crece la planta del algodonero…”. Así inicia la “Canción del Picudo del Algodonero”, un éxito grabado en 1961 por el cantante Brook Benton, que llegó a estar en las listas de popularidad de aquellos tiempos; la canción en realidad era una versión más de un “blues” popular en el Sur de los Estados Unidos a principios del Siglo XX. La canción narra la historia del “Picudo Mexicano del Algodonero”, como le llaman los estadounidenses a un escarabajo de nombre científico Anthonomus grandis, que evolucionó con la planta de algodonero, planta que conocían y utilizaban ya los antiguos mexicanos en Centroamérica. El nombre de “picudo” proviene de la singular apariencia del “rostro” del insecto que pareciera estar estirado y ahusado conformando un singular pico.
El daño que causó esta plaga a los algodoneros del Sur de los Estados Unidos fue de tal magnitud que en el poblado de Enterprise, Condado de Coffe, Alabama, les fue imposible seguir produciendo algodón, por lo que cambiaron de giro y se dedicaron a producir cacahuate. Este cambio les generó tal bonanza que, al verse en la opulencia, los agricultores concluyeron que el detonante de su éxito económico había sido el picudo, por lo que decidieron hacerle un monumento en una glorieta del centro de la población en 1919. El monumento consta de la figura de una mujer que sostiene, con los brazos levantados, un pedestal en el que se encuentra un picudo.
Oficialmente, ahora el picudo está “erradicado” de los Estados Unidos, en México existe un programa gubernamental para ello, aplicándose en nuestras zonas algodoneras.
La existencia del insecto depende de las plantas cultivadas de algodonero y de las variedades silvestres. Como en nuestra región no tenemos hospederas silvestres, lo único que necesitaríamos es seguir las normas y eliminar las plantas una vez cosechada la fibra. No será difícil imaginar el embrollo que resulta que sigamos las normas aquí, aun con aplicaciones aéreas de insecticida en toda el área algodonera de la Laguna, estamos lejos de dejar de cantar el blues del picudo y más lejos aún de hacerle un monumento declarándolo “heraldo de la prosperidad” como en los EU.
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