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Martes , 23.04.2019 / 03:44 Hoy

El Santo Oficio

La voz de Dios

José Luis Martínez S.

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El cartujo llega, temblando y lloroso, indignado y conmovido, a la última página de Cristo de nuevo crucificado (Acantilado, 2018), de Nikos Kazantzakis, uno de los más grandes escritores griegos del siglo veinte; es una novela rebosante de humor y desdicha, es una comedia y un drama —y en estos días, una oportunidad para reflexionar sobre el fariseísmo de quienes se sienten superiores moralmente y menosprecian y agreden a sus adversarios; se creen justos, exaltan sus propios méritos y olvidan las palabras de Jesús: “todo el que a sí mismo se enaltece será humillado” (Lucas 18:9).

Kazantzakis, autor, entre tantas otras obras, de Zorba el griego y La última tentación de Cristo, en Cristo de nuevo crucificado enfrenta dos maneras de vivir la fe, de relacionarnos con los otros: desde la intolerancia y la hipocresía o a través de la solidaridad y la comprensión.

La historia transcurre en 1922 en Likóvrisi, una rica aldea griega de Anatolia bajo jurisdicción turca, con su representante, un agá hedonista y apacible, y un concejo de ancianos —demogerontes—, encargado de la organización social, de mantener las tradiciones y el espíritu de su pueblo. El martes de Pascua el concejo se reúne para debatir quiénes de los aldeanos deberán interpretar a los personajes de la Pasión de Cristo el próximo año, los eligen entre bromas y sarcasmos, con frecuentes llamadas de atención del pope Grigoris, gordo, acostumbrado al lujo, la ostentación y la mentira.

Kazantzakis describe y devela los misterios de cada uno de sus protagonistas, con sus dudas y contradicciones, los vuelve entrañables o repulsivos y nos hace reflexionar sobre la grandeza y la miseria del ser humano?

Magdalena

En Likóvrisi muchas pasiones y sentimientos permanecen ocultos ese martes de Pascua, cuando aparece una muchedumbre harapienta, guiada por el pope Fotis, descalzo, delgado, con los ojos negros y una barba larga y gris. Proceden de una aldea cercana destruida por los turcos, son griegos y cristianos y esperan la solidaridad de los suyos. Rodeados por sus respectivos fieles, Fotis suplica ayuda y Grigoris se la niega; no lo conmueven los niños agonizantes por desnutrición, las mujeres convertidas en pellejos, los hombres extenuados. Todo sucede por voluntad de Dios —dice— y les ordena irse a otra parte. Fotis, desesperado, grita: “Hermanos de Likóvrisi, si estuviera solo, si solo de mi alma tuviera que rendir cuentas a Dios, no me rebajaría a alargar hacia vosotros mi mano para pedir limosna. Me dejaría morir de hambre. Pero siento piedad de las mujeres y de los niños, ya no pueden más, se desplomarán de hambre en el camino. Es por ellos por quienes olvido el orgullo y la vergüenza y extiendo la mano”. Unos cuantos se apiadan y les ofrecen ayuda, entre ellos los elegidos para representar a Cristo y los apóstoles y una viuda llamada Katerina, una mujer hermosa, joven y sensual, con quienes muchos satisfacen sus deseos, designada para interpretar a Magdalena en el auto sacramental del año venidero; ella es la primera en quitarse su chal para dárselo a los menesterosos.

El suceso trastoca la vida de Likóvrisi y comienzan a suceder hechos a vez maravillosos y terribles, como calcados de la vida de Jesús. Todo encaja perfectamente y Kazantzakis despliega sus grandes recursos para criticar a la Iglesia, alejada de los valores cristianos, a las multitudes dóciles y fanáticas, a los pusilánimes, incapaces de defender sus convicciones; al mismo tiempo, hace evidente su simpatía por los bolcheviques (fue partidario del comunismo, aunque no del estalinismo) y por una religión generosa y austera. La novela es asimismo un elogio a la amistad, a la lealtad de los nominados para apóstoles hacia Maniolós, el Cristo del auto sacramental.

Maniolós, quien se vuelve incondicional del pope Fotis y lucha por salvar a sus fieles de una vida inhumana en una montaña vecina de Likóvrisi, donde viven en cuevas, comiendo de vez en cuando, es excomulgado. El pope Grigoris no lo soporta y le echa al pueblo encima. Si tuviera poder para matar —piensa—, Maniolós sería el primero en su lista; “era el más peligroso —escribe Kazantzakis—, porque no había nada qué reprocharle”.

La Pasión

Cristo de nuevo crucificado es la historia de un sacrificio, Maniolós se sacrifica por el bien de los demás. Acusado de bolchevique y de recibir órdenes de Rusia para destruir a los turcos, es apresado y llevado ante el agá, quien no encuentra culpa en él. Pero, como Pilatos, se lava las manos. Afuera de su casa, encabezados por el pope Grigoris, los aldeanos le exigen, enardecidos, entregarlo para ser juzgado por ellos. “Qué asco de raza” —murmura el agá—. Teme un escándalo si no lo hace y le dice a su prisionero: “¿Cómo sé que no eres bolchevique? El demontre del pope ese que ahora está haciendo que el pueblo se desgañite es capaz de ir hasta el pachá de Esmirna para acusarme. ¡Y será mi fin! ¿Entiendes, Manoliós? ¡Ponte en mi lugar!”

Finalmente, el agá lo entrega. El pope Grigoris lo conduce al templo, lo llena de oprobio y dice: “Hermanos cristianos, la voz del pueblo es la voz de Dios, ¡juzgadlo!”

La novela tiene más de 500 páginas, en algunos pasajes parece un esperpento, en otros se detiene en la belleza y los deseos eróticos de los hombres y mujeres, en unos más muestra los estragos de la avaricia, de la gula, de la ambición insaciable de poder, tan habitual y evidente en nuestros días.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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