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Jueves , 21.02.2019 / 11:09 Hoy

El Santo Oficio

La maldición de la política

José Luis Martínez S.

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Con desasosiego, el cartujo lee y subraya algunas páginas de Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), registro de las charlas de Mario Vargas Llosa con Rubén Gallo y otros interlocutores, entre ellos varios estudiantes, en la prestigiosa universidad estadunidense.

El libro reúne ideas, anécdotas, reflexiones de Vargas Llosa sobre literatura, pero también sobre periodismo —al cual se ha dedicado desde los 15 años— y política, esa maldición de tantos países, entre ellos el nuestro.

En estos días, cuando en México la guerra por la sucesión presidencial enciende las hogueras del encono y la calumnia, de la ambición y la mentira, resulta oportuno escuchar la voz de quien quiso vivir la política como un ideal y terminó vencido por los demonios de la realidad en la campaña para la presidencia del Perú en 1990.

La lección de Maquiavelo

Vargas Llosa recuerda a Maquiavelo, para quien la política, “para ser exitosa, tiene que prescindir de los ideales, de los valores, para ejercerse como una técnica”. En tal caso, todo se vale en aras de la eficacia. “Maquiavelo propone un pragmatismo que puede convertirse en cinismo, que puede degenerar en una falta total de escrúpulos para alguien que quiere obtener el éxito a cualquier precio”.

Ese precio contempla la traición, la desmemoria, la impostura, la inmoralidad. Vargas Llosa comenzó su campaña como favorito indiscutible, pero poco a poco fue cayendo en las preferencias hasta ser derrotado por el entonces desconocido Alberto Fujimori. ¿Cuál fue su más grande error? Él lo reconoce sin tapujos: al contrario de sus rivales, no quiso hacer falsas promesas y se empeñó en hablar con la verdad. Pero decir la verdad en política “lo hace a uno inmensamente vulnerable, porque si el adversario no respeta esas reglas del juego, uno puede ser arrollado a través de campañas de desprestigio. Yo viví eso día a día: nos esforzábamos por decir la verdad, pero entonces nos refregaban una verdad deformada en la cara”, recuerda el escritor de El pez en el agua, donde recupera la experiencia de aquellos días.

Fue víctima recurrente de las fake news, como se dice en estos tiempos de globalización, de informaciones embusteras propagadas por medios interesados en su fracaso. Entre tantas otras cosas, lo acusaron de evasión de impuestos y de pretender despedir a 500 mil empleados públicos el primer día de su gobierno. No pudieron probarle nada, pero lo hicieron desgastarse intentando desmentir cada acusación. “No tenía la piel de elefante que hay que tener para resistir ese tipo de campaña en la que responder con la verdad no sirve de nada, porque de lo que se trata es de ver quién mata primero al adversario valiéndose de cualquier calumnia. Nunca me imaginé que una campaña electoral podía llegar a extremos de ese tipo”. No pensó en la falta de miramientos y vergüenza de sus contrincantes, en el poco rigor y profesionalismo de quienes desde los medios propagaban las noticias más absurdas, en el morbo de un público formado en la frivolidad y los malos espectáculos. “De hecho, muchas de esas malas jugadas funcionan porque divierten a la gente”, dice con resignación.

El imperio de la mercadotecnia

En el circo de la política mexicana, con sus chapulines y traidores, con sus performances en los espacios legislativos, con las ocurrencias de sus protagonistas, con su amnesia selectiva, los ciudadanos se divierten mientras al país se lo lleva la tristeza. Lo vemos en la actual disputa por el poder, lo hemos visto en el dispendio de cada campaña, con asesores extranjeros, autores de frases e imágenes tan apantalladoras como banales.

Dice Vargas Llosa: “En la política las ideas son reemplazadas por eslóganes y el contenido se devalúa”. Por eso tantos mediocres acceden al poder bajo el manto protector de la mercadotecnia: para triunfar en las elecciones no necesitan ser unas luminarias —ya no se diga personas decentes—, solo acertar en la contratación de un eficiente publicista.

Se puede mejorar la política en nuestros países, asegura el Nobel peruano, si en ella, en vez de los mismos de siempre, participan individuos honrados, preparados, cultos; si los intelectuales asumen su responsabilidad y critican la realidad política para regenerarla. “Si la sociedad está mal hecha —señala—, hay que hacer política para mejorarla en la medida de lo posible. Hay que tratar de hacer política para que la política sea mejor de lo que es. También hay que recordar que en algunas partes del mundo la política es menos corrompida, menos repugnante, menos superficial, menos frívola que en otros lugares. Hay que trabajar para mejorar la experiencia de la vida política en nuestros países”.

Lamentablemente, en el escenario del 2018 mexicano la esperanza de una mejor vida política se ha esfumado desde hace mucho. Muchos son quienes ambicionan el poder, en ninguno se observan cualidades para ser un buen gobernante. Y sin embargo uno de ellos lo será, quizá el peor de todos. Dios nos agarre confesados.

Queridos cinco lectores, desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, de malos recuerdos para Enrique Peña Nieto pero a donde siguen llegando políticos para hablar de proyectos y prometer el paraíso cuando ellos lleguen al gobierno, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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