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El Santo Oficio

El Presidente filósofo

José Luis Martínez S.

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Encerrado en su pequeña y humilde celda, el cartujo no puede evitar los ecos del debate provocado por el memorando enviado por Andrés Manuel López Obrador a los secretarios de Educación, Gobernación y Hacienda ordenándoles dejar sin efecto las medidas de la reforma educativa de 2013. Les ordena desobedecer la ley en nombre de la justicia —tal como él la entiende— y ellos han guardado prudente y cómplice silencio.

En su conferencia de prensa del 17 de abril, López Obrador respondió cuestionamientos sobre este documento, defendió con vehemencia su decisión de firmarlo y arremetió contra sus críticos. Lo hizo con la habilidad de siempre, sin importarle incurrir en errores o contradicciones. Por ejemplo, primero recordó su juramento de “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanan” y minutos después les dijo a los reporteros: “Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho, decidan en favor de la justicia”. Lo hizo sin vacilar, sin dudas ni matices, como un iluminado, olvidando su promesa: “Al margen de la ley, nada, y por encima de la ley, nadie”.

Todo es vanidad

En estos días de reflexión, el imprudente monje revisó transcripciones estenográficas de las conferencias matutinas de López Obrador y quedó patidifuso: al parecer, lo sabe todo y a todo responde con firmeza, ingenio e incluso ironía, como lo hizo el 17 de abril y como, seguramente, lo seguirá haciendo mañana y hasta el final de los tiempos.

AMLO no lo ha revelado, pero quizá entre sus libros de cabecera se encuentra uno de Schopenhauer llamado El arte de tener razón. Expuesto en 38 estratagemas (Alianza Editorial, 2018), opúsculo escrito entre 1830 y 1831 y publicado póstumamente, como advierte Franco Volpi, responsable de esta edición, en las líneas introductorias.

En el primer párrafo, antes de entrar en materia, Schopenhauer explica como base de este trabajo su interés por la dialéctica, más precisamente por la dialéctica erística, esto es “el arte de discutir, y de discutir de tal modo que uno siempre lleve razón”, la tenga o no. Esta actitud se debe —dice— a la falta de honradez, al desprecio por la verdad, de lo contrario reconoceríamos sin ambages nuestros errores y le concederíamos la razón al adversario cuando fuera pertinente. Pero a esto se opone la vanidad, la locuacidad y aun la mala fe. Muchos, afirma: “Hablan antes de pensar y al observar después que su afirmación es falsa y que no tienen razón, deben aparentar que es al revés. El interés por la verdad, que en la mayoría de los casos pudo haber sido el único motivo al exponer la tesis supuestamente verdadera, cede ahora del todo a favor del interés por la vanidad: lo verdadero debe parecer falso y lo falso verdadero”. Por eso se recurre a estratagemas para desarmar a los oponentes y ganar el aplauso del auditorio; el autor de El mundo como voluntad y representación identifica 38 utilizadas con frecuencia en los debates, y aun si no ha leído el libro, AMLO las aplica a la perfección, de esta manera, cuando alguien critica una de sus decisiones, en vez de revisarla para ver si la crítica es justa, se pone a la defensiva, presupone el error en el otro y lo descalifica sin demora.

Estratagemas

“El hombre, por naturaleza, siempre quiere tener razón”, reitera Schopenhauer, y para imponerse en una discusión menosprecia a su adversario, lo envuelve con su verborrea, deforma sus ideas, utiliza premisas falsas, lo distrae, lo encoleriza “no haciéndole justicia, enredándole abiertamente y, en general, mostrándose insolente”, como dice en la estratagema número 8. En la número 12, señala: “Si el discurso trata de un concepto general que no tiene ningún nombre propio sino que, mediante un tropo, debe ser designado a través de una comparación, debemos elegir la comparación de tal modo que favorezca nuestra afirmación”. De esta manera, en el México de López Obrador, al pueblo bueno y a su gobierno se oponen los conservadores, los fifís, la mafia del poder, los corruptos y todos aquellos renuentes “al cambio verdadero” representado por él.

Cuando dos personas discuten ante oyentes incultos —dice Schopenhauer en la estratagema 28—, si uno de ellos no tiene argumentos suficientes para salir airoso, puede hacer una objeción temeraria cuya invalidez solo puede ser reconocida por el adversario, pero no por los oyentes. Para estos, aquel es derrotado, “especialmente cuando la objeción hace que su afirmación parezca de algún modo ridícula: la gente es muy pronta a la risa, y uno tiene de su parte a los que ríen”. Y más todavía cuando están bajo el influjo del fanatismo y descartan toda opinión contraria a sus creencias.

En la estratagema 30 expone: “En vez de razones, empléense autoridades”. Puede hacerse con conocimiento o a la ligera, pero siempre con seguridad. La gente tiene respeto por ellas. Por ejemplo, se pueden citar frases y casos de personajes históricos, poniéndolos en blanco y negro, como lo hace López Obrador cuando habla de Juárez o Madero. También —asegura el filósofo alemán— “pueden utilizarse como autoridades prejuicios generales” e identificar a la voz del pueblo como la voz de Dios, incapaz de equivocarse, aunque la experiencia demuestre lo contrario.

Ese lunes, AMLO volverá a sus conferencias para practicar el viejo arte de tener siempre la razón, aunque no siempre la tenga.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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