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Jueves , 25.04.2019 / 11:09 Hoy

Carta de Esmógico City

...Y el cronista, como un sincero cobarde, declara su miedo

José de la Colina

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La actual polémica —si se la puede llamar así, porque una polémica es un diálogo, quizá muy violento y ejercido a gritos, puñetazos o sombrerazos, pero de todos modos es una discusión en la que cada polemista (cualquiera que sea su disposición anímica) escucha al otro antes de contrariarle sobre el debatido asunto, o argumentado tema, o meramente gratuito pretexto— está en algunas voces de carácter público. Y aquí va un ejemplo:

Mientras algunos editorialistas afirman que en Esmógico City hay, o ha habido hasta hace unos pocos días, un cártel de la droga: el del recién fallecido Felipe de Jesús Pérez Luna, apodado El Ojos, a quien sus sicarios y simpatizantes de la banda enterraron con todos los honores merecedores de su jefatura (esa sí indiscutible, al menos en el rumbo citadino donde actuaba el susodicho ojón), he aquí que nadie menos que el procurador general de Justicia de Ciudad de México niega, con la legalidad y la autoridad de su empleo oficial, que en la ciudad capital del país haya cárteles, pues la tal acaso sobreviviente agrupación delicuencial del Ojos solamente —¡solamente!— se dedica o dedicaba al narcomenudeo, que, según se dice con libro de Leyes en las manos, no es un pecado grave, como lo sería, póngase por caso, la distribución de caramelos a una multitud de niños diabéticos o el regalo de postales pornográficas a una comunidad de monjes cartujos.

Cuestión meramente definicional, es decir tan solo del buen o mal uso que en periodismo y en la opinón pública se haga de las palabras, y el cronista está de acuerdo, pero… Y aquí el cronista únicamente manifiesta —aunque sin marchas, sin cacerolazos, sin gestos tremebundos, sin pintarrajeo de paredes— su protesta por el notorio aumento de la delincuencia en Esmógico City y desde luego en la República Mexicana, y si bien, por su razón y su práctica del verbal oficio, debiera él cuidar de mantenerse en la escritura de una prosa serena y objetiva, no puede menos que externar su estado de ánimo… y es el de que en su interior está gritando, clamando, aullando:

¡Socorroooooooo!

Y lo demás es crispado silencio.

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