La guerra de las vacunas contra el coronavirus ha venido a poner en evidencia las miserias de nuestra especie, que siguen siendo las mismas de siempre, a pesar de los milenios de civilización y los iPhone y los Tesla que nos respaldan.
Tomemos a Europa como ejemplo, porque ahí el proceso de vacunación va más adelantado que en Latinoamérica, y hagamos el cuento corto: los Estados europeos compran, por adelantado, millones de dosis al laboratorio que fabrica la vacuna; el laboratorio hace las primeras entregas y luego anuncia un retraso porque parte de esa producción, ya pagada, se revende clandestinamente a otros países que pagan más.
Un porcentaje de las dosis que llegan a los países, que ya tienen sus destinatarios asignados (viejos, enfermos y personal sanitario primero), son usurpadas por políticos locales, jefes de hospital, curas, policías, almacenistas, etcétera, que despojan de su dosis al que le tocaba.
Ante esta rapiña el gobernante se vuelve versátil, se adapta, que es la condición de la supervivencia, y mientras condena esos actos y tranquiliza con gansadas al pueblo, aprovecha la confusión para vacunarse él.
La rapiña es general y retrata perfectamente a nuestra especie, estamos llegando al punto de ¡sálvese quien pueda!; si la vacuna fuera el último salvavidas del barco, los Urkos se lo arrebatarían a un viejo o a un niño para salvarse ellos. ¿Urkos?, me explico: la batalla por las vacunas, donde cada quién defiende lo suyo con un palo, como en la era de las cavernas, nos da la oportunidad de vislumbrar nuestra verdadera naturaleza; tanta tecnología, tanta filosofía, tanta y tan exquisita civilización para terminar como en El planeta de los simios: Urko, el horrendo gorila de la serie, revende las vacunas al tiempo que los otros Urkos van pasando por encima de los ancianos y los enfermos para vacunarse primero; y mientras tanto los monitos tití, que somos nosotros, miramos atónitos la trifulca y extendemos de vez en cuando la manita, para ver si nos toca algo.