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Viernes , 15.02.2019 / 21:54 Hoy

Melancolía de la Resistencia

‘Mirabilia’

Jordi Soler

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Unos agentes rurales en el norte de Cataluña, en la comarca del Empordà, observaron a un lobo joven y a una perra doméstica, con placa y collar, atacando un rebaño de ovejas. La imagen es muy sugerente, nos invita a pensar que el lobo enseñó a la perra el arte de la depredación o que ella, de andar con él, aprendió cómo se asalta un rebaño, y cómo se elige una presa para matarla y luego comérsela. El perro doméstico no suele matar, pero quizá, al ser una subespecie del lobo, recupera, en cuanto convive con un depredador, esa capacidad que tenía dormida.

Los agentes rurales capturaron a la perra y descubrieron que nunca había sido fecundada, lo cual quiere decir que no era la pareja sexual del lobo y que lo acompañaba quizá por la empatía que producía en los dos el haber compartido un antepasado común, un lobo del medioevo que recorría los bosques desde el Empordà hasta el norte de Italia.

Hay muchas fotografías nocturnas de los lobos del Empordà. Parece que los lobos de esta comarca no salen cuando está el sol, durante el día permanecen agazapados en medio del breñal, o en una cueva, esperando a que salga la luna. Siempre está oscuro en estas fotografías y el animal aparece invariablemente bajo la luz intensa de una lámpara o del flash de la cámara o el teléfono. Esa luz intensa desmitifica de golpe al lobo, que aparece siempre deslumbrado, como una criatura indefensa, asustada, amenazada por ese súbito claror que interrumpe de manera salvaje su desplazamiento por el bosque; su tour du propriétaire se ve violentamente suspendido por la luz que le arroja el usurpador de su territorio. Desmitificar al lobo es un error, porque es el animal que encarna, desde hace siglos, nuestros miedos; es mejor, y más saludable, más ordenado quizá, temer al lobo que a la panoplia de miedos que nos ofrece, y promociona, cotidianamente, el siglo XXI.

Los lobos del Empordà son ejemplares divagantes, no pertenecen a grupos reproductores como los que hay en el noroeste de España, son de la estirpe italo-francesa, son los vagabundos del bosque, los herederos espirituales de aquella población nómada que durante la Edad Media recorrían los bosques para cazar, o recolectar bayas y miel o, cuando se presentaba la oportunidad, asaltar a un incauto o robar los escasos objetos que había en la ermita de un santo. Bosqueros llamaban entonces a esa gente trashumante que se vestía con pieles de cabra y que constituía uno de los peligros del bosque, solo uno porque había una enorme variedad, igual que la había de prodigios, de mirabilia, que es el plural en latín de la palabra maravilla. 

Una noche, aprovechando la luz de la luna, y la de una linterna que encendía solo en las zonas más comprometidas, recorrí con Camarón, mi perro, durante más de dos horas, las tierras aradas que hay alrededor del pueblo de Madremanya. Era el mes de enero y los surcos estaban recién trazados, listos para la siembra, había caminado por ahí durante el día observando con mucha atención las líneas que había dejado el arado, una parcela estaba rayada de norte a sur, otra de este a oeste y otra, de noroeste a suroeste, formaba un hipnótico juego de vértices al tocar las otras parcelas. Me gustó esa geometrización del campo que es la impronta estacional de nuestra especie en ese reino que por la noche es de los lobos; me dejó una sensación parecida a la que he experimentado ante un mar furiosamente azul, enorme y vacío, que de pronto es cruzado por una lancha de motor: su presencia ahí, ayuda a comprender nuestra pequeñez.

Estaba en medio de esos campos arados que alumbraba la luna de manera fantasmal, íbamos caminando el perro y yo por el túmulo que dividía una parcela de la otra, cuando oímos el aullido de un lobo, un aullido poderoso que salía del bosque, aunque también salía del principio de los tiempos. Los campos arados ocupaban el valle que era atravesado, como un vendaval, por el aullido, un largo lamento que rebotaba en la montaña de enfrente y luego se desplegaba en una serie de ecos. Me quedé inmóvil como deben haberse quedado todos los habitantes del bosque y Camarón, en lugar de acobardarse como cuando oye un motor o el estallido de un cohete, se quedó mirando fijamente el sitio desde donde provenía el aullido, el fondo del bosque, tuve la impresión de que reconocía algo en esa voz, quizá lo mismo que había reconocido la perra en el lobo que la enseñaba a asaltar rebaños, quiero decir que el perro se reconocía en el lobo, era su propia voz la que le hablaba desde sus propios orígenes.

Estuvimos ahí, en medio de los campos arados, oyendo mucho rato al lobo, cada uno en su territorio, el perro y yo en la tierra trazada por un hombre, y el lobo en sus dominios, en el bosque que a esas horas, a pesar de que vivimos en el milenio del dron y del GPS, era una masa oscura llena de peligros y de mirabilia, exactamente igual que en la Edad Media. Nada ha cambiado dentro del bosque, quizá que los bosqueros llevan abrigo en lugar de las pieles de cabra y que las ermitas han perdido a sus santos y sirven hoy de refugio para los vagabundos y los niños perdidos.

Estábamos ahí en la tierra arada, fundamento y metáfora de nuestra civilización, que en ese momento era sacudida por el aullido del lobo. No éramos más que eso: dos criaturas indefensas fascinadas por el aullido.

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