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Lunes , 25.03.2019 / 00:57 Hoy

Melancolía de la Resistencia

La radical ingratitud

Jordi Soler

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Cervantes escribió: “El camino es siempre mejor que la posada”. La idea del escritor resulta crucial en este siglo XXI en el que el final, el resultado obtenido, importa mucho más que el proceso para obtenerlo.

Hoy todo urge y todo se consigue rápidamente: un dato, un libro raro o una respuesta por WhatsApp. Hace unos años había que dedicar horas a buscar en un tomo de enciclopedia, por ejemplo, la lista de las lenguas eslavas del Este, y si estábamos buscando el volumen de los Aforismos de Schnitzler era probable que nos esperaran meses, u años, de exploración en diversas librerías antes de dar con ellos, cosas que hoy con Google y Amazon resolvemos casi inmediatamente. Y las cartas que escribíamos y que tardaban quince días en llegar a su destino, ahora tardan un segundo por Yahoo.

Que esta sentencia del camino y la posada la haya escrito Cervantes parece una obviedad, pues El Quijote es, precisamente, el rey del camino; la posada para él, como para cualquier caballero andante, no es la meta sino el lugar hacia el que se desplaza permanentemente.

Quién va en un avión mata el tiempo ocioso del vuelo oyendo música, viendo una película o leyendo un libro; también se queja de lo largo que es el viaje, de lo apretado que va en el asiento, de lo mala que es la comida y del repugnante olor de los baños; nadie repara en la maravilla que significa transportarse suspendido en el aire a una velocidad que nos permite llegar en diez horas volando, al mismo sitio al que nuestros antepasados, en barco, tardaban quince días en llegar. ¿Por qué nadie se asombra con los aviones, con Google o Amazon, con el WhatsApp? Porque la modernidad nos ha estropeado de una forma que ya en la primera mitad del siglo XX veía venir el filósofo Ortega y Gasset: “Lo que antes se hubiera considerado como un beneficio de la suerte que inspiraba humilde gratitud hacia el destino, se convirtió en un derecho que no se agradece, sino que se exige”. Ortega detecta en los últimos años del siglo XIX el momento en el que la humanidad comenzó a estropearse, en el que un gran número de personas comenzaron a disfrutar de las ventajas que ofrecían la tecnología y la estabilidad de los gobiernos europeos (Ortega filosofaba desde Europa) organizados alrededor del Estado. Antes de esos años, durante todos los siglos que hubo hacia atrás hasta el principio de la civilización, “aún para el rico y poderoso, el mundo era un ámbito de pobreza, dificultad y peligro”, nos dice el filósofo; porque el margen de comodidad que podía tener el rico en ese mundo tan hostil, que por cierto duró miles de años, era muy reducido.

Ortega pensaba en el habitante de principios del siglo XX cuando escribió esto: “La vida del hombre medio es hoy más fácil, cómoda y segura que la del más poderoso en otro tiempo. ¿Qué le importa no ser más rico que otros, si el mundo lo es y le proporciona magníficos caminos, ferrocarriles, telégrafo, hoteles, seguridad corporal y aspirina?”

La modernidad que describe el filósofo nos produce hoy ternura, ya nadie se maravilla con los magníficos caminos ni con la aspirina, sin embargo su diagnóstico sobre las personas estropeadas, mimadas por la modernidad, tiene hoy más vigencia que nunca: “La libre expansión de sus deseos vitales, por tanto, de su persona, y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Uno y otro rasgo componen la conocida psicología del niño mimado”.

La vida de las personas en el siglo XXI es mucho más fácil y cómoda que la de nuestros antepasados, hay muchos más inventos sorprendentes en un año de este siglo que en diez del anterior y la aspirina de Ortega, con todo y su vigencia, es una anécdota frente a las contundentes maravillas que ofrece hoy el territorio de la medicina. A nadie sorprende ya que el corazón se opere sin necesidad de abrir al paciente en canal, ni que se extraiga la vesícula por un agujerito quirúrgico. A nadie sorprende ni esto, ni los aviones, ni el Google ni el WhatsApp por esa radical ingratitud que apuntaba el filósofo.

La satisfacción inmediata de casi todo genera una profunda insatisfacción; visto el fenómeno desde la idea de Cervantes queda claro que el tenerlo todo tan a mano nos escatima el camino que antes debíamos recorrer para conseguir las cosas, hoy ya no hay necesidad de desplazarse, de ver mundo, basta un click para instalarse, sin trayecto de por medio, en la posada y, sin embargo, estamos todo el tiempo insatisfechos. ¿Cómo escapamos de este marasmo?: dejándonos maravillar a lo largo del camino. Ortega lo propone en estos términos: “todo en el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas”.

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