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Miércoles , 24.04.2019 / 20:05 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Fluir o resistir

Jordi Soler

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Durante muchos años Mircea Eliade cargaba todo lo que poseía en una maleta. Cada vez que llegaba a la habitación en la que iba a dormir, o a pasar una temporada, abría la maleta y sacaba libros, el manuscrito en el que trabajaba y la pijama cuando llegaba la hora de dormir. Eliade era filósofo, novelista y, sobre todo, uno de los grandes historiadores de las religiones, autor de libros fundamentales como El mito del eterno retorno, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis o su contundente Tratado de historia de las religiones.

En 1945, después de la Segunda Guerra, se instaló en París; antes había estado en Londres y Lisboa como agregado cultural en la embajada de Rumania, su país, y en ese periplo fue perdiendo posesiones; su biblioteca, por ejemplo, cuyo corazón conservaba en la maleta, estaba desperdigada en un trastero de Londres, y otro de Bucarest, la ciudad donde nació y creció y a la que no regresaría a recuperar nada, ni siquiera un montón de manuscritos que había dejado ahí y que con frecuencia echaba en falta.

Otro montón de sus manuscritos se quemó en la chimenea de manera accidental: en una reorganización de su escritorio colocó momentáneamente el montón dentro del basurero y ahí lo olvidó y, más tarde, la chica de la limpieza se hizo cargo de la basura y alimentó el fuego de la chimenea con los manuscritos.

Esta historia la cuenta él mismo en sus diarios (Journal, 1945-1969, Editions Gallimard), un volumen lleno de anécdotas personales, anotaciones deslumbrantes sobre sus dudas, sus certezas y sus descubrimientos, y también sobre la convivencia y las conversaciones que iba teniendo con diversos personajes de la época, desde su paisano Emil Cioran, hasta su admirado Carl Gustav Jung.

En una ocasión Eliade se encuentra a Jung, que tenía entonces 75 años, echado en una tumbona mientras escucha una conferencia de Gershom Scholem, gran exégeta de la Cábala. Estaban todos en una suerte de seminario, en una vieja casona a orillas de un lago alpino, donde se servía una comida parca y desabrida. Jung, que era de buen comer, escondía viandas en su habitación que se comía a escondidas, y además recibía platillos que le enviaban sus admiradoras. En esa ocasión atesoraba un pollo asado que le acababan de enviar. Cuando Eliade llegó a saludarlo, Jung le decía al islamólogo Henry Corbin “que estaba desolado por la existencia real de los platillos voladores. Siempre creyó en la importancia simbólica del círculo y de lo redondo; pero ahora que el círculo parece haberse realizado de verdad, ya no le interesa. Le parece infinitamente más real en los sueños y en los mitos”.

En otra ocasión Jung le cuenta de un sueño premonitorio y recurrente que tuvo a partir de octubre de 1913. En ese sueño toda Europa estaba cubierta por las aguas con la excepción de una cumbre que estaba en Suiza y que sobresalía del mar como un islote. Jung se veía en el sueño navegando hasta el islote y luego observando desde ahí la inundación pero, en cuanto observaba con atención se daba cuenta de que el agua era un mar de sangre poblado de cadáveres y puertas de casas, vigas, trozos de diversos materiales. Jung soñaba aquello con tanta intensidad que pensó, con toda seriedad, que se estaba volviendo loco, tanto que dictó una conferencia sobre la esquizofrenia, poniéndose él como el sujeto de la enfermedad. Después de su conferencia, el 31 de julio de 1914, se enteró por los periódicos que había estallado la guerra. Años después Jung le contaba a Eliade sobre aquel día: “Esa mañana no había hombre más feliz que yo. Había comprendido que no estaba loco y que no iba a enloquecer. Había comprendido que mis sueños venían del inconsciente colectivo y que su significado no tenía que ver con una crisis de esquizofrenia”.

En las anotaciones que Eliade va haciendo en su Diario, vemos su empeño por desmontar los mitos y los símbolos que ha ido coleccionando de una multitud de etnias en diversas partes del mundo, y su aguda intuición que le permite discurrir, con gran naturalidad, entre lo sagrado y lo profano. Por ejemplo, anota: “¿Cómo descubrimos la dimensión sacramental de la existencia? Actualmente puede decirse que todas las cosas que han existido no las hemos perdido definitivamente y las encontraremos en nuestros sueños y nostalgias”. La idea es muy atractiva, y muy junguiana, sugiere la existencia de una batería colectiva de acontecimientos, experiencias y sensaciones, de la que cada quién puede echar mano cuando necesite resolver una encrucijada, un conflicto; algo así como un banco de respuestas para enfrentar, partiendo del sueño o de la ensoñación nostálgica, cualquier situación, porque la memoria total de la especie contiene todas las posibilidades: todo lo que puede pasar ya ha pasado antes, en algún momento de la historia.

En otra entrada anota: “Que uno alcanza la propia perfección aprendiendo a no actuar siguiendo los impulsos naturales (la sangre, los nervios, el orgullo, etc.), sino justamente lo contrario, comportándose de forma contraria a los impulsos de la naturaleza. ‘Ama a tus enemigos’, ‘pon la otra mejilla’. ¿Quién no conoce esas exhortaciones?”. A contrapelo del fluir, tan de moda en el siglo XXI, Eliade propone resistir. O quizá es que solo fluye aquello que primero ha resistido.

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