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Miércoles , 20.03.2019 / 10:32 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Conversación alrededor de un perro

Jordi Soler

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En la falsa autobiografía de Alice B. Toklas, que en realidad es la verdadera biografía de Gertrude Stein, aparece una visita al estudio de Pablo Picasso, en París, cuando el pintor trataba de hacerse un nombre en el mundillo del arte de principios del siglo XX.

Stein, que entonces era una coleccionista espontánea, que servía de mecenas a dos o tres talentos y que además escribía libros, tenía en su casa de la rue Fleurus, dibujos de Picasso y de Matisse pegados con chinchetas en la pared.

Gertrude y su hermano eran unos entusiastas de la pintura que en el año 1900 acudieron a la casa de Monsieur Vollard, que era el único marchante de París que vendía cuadros de Cézanne, para comprar, muy baratas, las primeras piezas de su colección, pero eso ya es otra historia.

En el estudio de Picasso había unas pocas sillas desperdigadas, todas cojas o rotas excepto la que había usado Gertrude Stein cuando posó para que el pintor español le hiciera su famoso retrato. En esa época la obra de Picasso, y la de sus correligionarios que exploraban las posibilidades de eso que más tarde se llamaría cubismo, era vista con desconfianza, sus cuadros eran los caprichos de un artista que pintaba feo lo cual, visto a la distancia, era la evidencia de su genialidad: su talento era tan grande que podía darse el lujo de prescindir de la belleza.

El retrato que le hizo a Stein ya navegaba hacia el cubismo, si se observa con atención los ojos y la nariz están orientados hacia otra parte, están pintados, y aquí van a perdonarme la imprudencia, en un contundente offbeat. Tan es así que la misma Gertrude Stein se desconcertó con su retrato y le reclamó al pintor que no se le parecía. "Sí, todo el mundo dice que no se parece, pero esto no tiene importancia: ya se parecerá", sentenció Picasso y el tiempo le dio la razón porque, lo único que queda de Gertrude Stein en el siglo XXI, de dimensión verdaderamente universal, es ese retrato.

La única silla completa que había en el estudio del pintor era la del retrato y en el ambiente flotaba un olor "a perro y a pintura". Picasso estaba recién separado de Fernande, su mujer, y vivía ahí en su estudio con un perro enorme y pasivo al que iba moviendo de un sitio a otro "como si fuera un mueble".

Gertrude Stein iba con una amiga y cuenta que Picasso las invitó a sentarse, cosa que no hicieron porque solo había una silla completa, la del retrato, y ellas eran dos y además el pintor estaba de pie. De manera que la conversación, que fue larga, tuvo lugar así, los tres de pie alrededor del gran perro que estaba cómodamente echado en el suelo. Luego Gertrude Stein descubriría que aquella era la forma en que Picasso recibía a sus visitas, porque hubo otras ocasiones en las que, aun cuando había sillas disponibles, la conversación discurría con todos los participantes de pie.

Aquellas conversaciones de pie pueden tomarse fácilmente como otra de las excentricidades de ese pintor que, según cuentan los que lo conocieron, nunca parpadeaba. O como una estrategia para que las visitas no estuvieran cómodas y se fueran rápidamente. Pero a mí, desde que leí ese episodio en las falsas memorias de Gertrude Stein, me parece que el estar de pie era una estrategia para que la conversación tuviera su justa medida, para que aquello que se dice y aquello que se calla funcione como un sistema autónomo que dure lo que tenga que durar, que no se extienda solo porque los conversadores están cómodos, confortablemente sentados con un café o un tequila en la mano.

Me parece que Picasso con esa conversación digamos, espartana, rescataba la esencia del arte de conversar, un arte ya en desuso en este siglo XXI donde la mayoría de las conversaciones son con los dedos, que accionan a gran velocidad las teclas de un aparato. Aquellas conversaciones de pie alrededor del perro sucedían a principios del siglo XX, cuando las mujeres de París llevaban las faldas largas y nadie podía imaginarse, según nos cuenta Stein, que las "francesas tuvieran, por lo general, las piernas tan robustas", detalle que quedaría expuesto "cuando se pusieran de moda las faldas cortas". Aquel era un mundo sin luz eléctrica, con unas lámparas de luz de gas que Gertrude sostenía para iluminar los dibujos de Matisse y de Picasso que tenía pegados con chinchetas en la pared, para que sus invitados pudieran apreciarlos. Era un mundo casi sin automóviles y cuando alguien se retrasaba "nadie se preocupaba por la posibilidad de que hubiera ocurrido un accidente". No quiero decir que entonces se vivía mejor que ahora. Simplemente sugiero que de vez en cuando estaría bien conversar de pie alrededor de un perro.

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