Si no hubiera ganado el presidente López Obrador la presidencia en 2018, la gran presión social acumulada por tantos años de gobierno neoliberal, en lugar de dar paso a una transformación pacífica, hubiese generado un estallido social, una revolución violenta.
En efecto, desde que llegó al poder el presidente Carlos Salinas de Gortari el primero de diciembre de 1988 se abandona en México el sistema de Estado de Bienestar para iniciar el famoso período neoliberal que apenas llega a su fin. Así por más de treinta años, existió un clima de “libertad” de mercado en el cual, ya sin la intervención del Estado, el pez grande se comía al chico, el zorro devoraba a las gallinas, el peso completo sometía o terminaba con el débil, era la supervivencia del más apto, del más fuerte. En ese ámbito, cada vez más personas quedaban desplazadas de las actividades lícitas y de los ingresos dignos, acumulándose hasta formar millones de desplazados. Las consecuencias fueron las migraciones en masa a Estados Unidos, la proliferación de las actividades ilícitas como el narcotráfico, el huachicol o los secuestros. Así las cosas, López Obrador se presentó como una opción de cambio humanista, verdadero y pacífico, y contaba con el respaldo de la gran mayoría de la población, por lo que de haber perdido hubiera sido por un fraude electoral, el cual hubiera sido el claro detonador de una revolución en potencia a punto de estallar que hubiera hecho temblar todo el territorio nacional.
Si ese sólo hecho no hubiera hecho estallar una revolución en México, las reglas del mercado neoliberal que se seguían al pie de la letra lo hubieran conseguido.
El precio de la gasolina se hubiera dejado al juego entre la oferta y la demanda, con lo cual sin capacidad de refinación que ha aumentado el presidente, sin la refinería de Deer Park que compró el presidente y sin la refinería de Dos Bocas que está a punto de inaugurar el presidente, podríamos estimar que el precio de la gasolina importada rondaría entre los treinta y cinco y cuarenta pesos el litro.
Ese sólo incremento en las gasolinas, aunado a la parálisis de la pandemia tendríamos en México una inflación de costos y también una inflación de demanda, lo cual nos hubiera conducido probablemente a un período de estanflación, es decir, un período de inflación con desempleo, el peor escenario posible en economía.
También podríamos imaginar que con base en la mentalidad neoliberal y en la corrupción dominante de anteriores regímenes, el Estado Mexicano hubiera entregado el petróleo a las compañías extranjeras como se venían apresurando a hacer con anterioridad, con lo cual México carecería de ese importante recurso que hoy se cotiza por encima de los cien dólares el barril y son una enorme fuente de ingresos del gobierno actual.
La energía eléctrica seguiría siendo para el beneficio de empresas extranjeras, y el litio que es el petróleo del futuro ya se estaría entregando a empresas extranjeras, corrompiendo para ello al congreso de la unión en su conjunto como se hizo para aprobar la reforma energética de Peña Nieto.
Todo ello, sumado a la declaración del entonces candidato López Obrador de que ante un fraude electoral más ya no apaciguaría al tigre, la revolución hubiera estallado en forma natural.
Pero todo esto lo saben sus adversarios, el triunfo del presidente Andrés Manuel López Obrador era indispensable para evitar una revolución violenta en México que hubiera provocado un efecto dominó con impredecibles consecuencias.
Mtro. Jesús Torres Gómez