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Areópago

El resucitado es el que crucificaron

Jesús de la Torre T. Pbro.

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Para los primeros creyentes en la resurrección de Cristo, cuando sus contemporáneos, que habían dado muerte a Jesús de Nazaret, en las afueras de la ciudad, como correspondía a un clasificado reo, criminal para el imperio romano, para justificar su ejecución, tuvieron que decirles, por los efectos de la resurrección en las comunidades creyentes: al que ustedes crucificaron es ahora el resucitado. 

Enorme mutación para los ambientes no creyentes y que se acercaban con gran asombro a los creyentes, que vivían en una transformación social. 

Los primeros creyentes en Cristo resucitado, desde la Palestina, azotada por las huestes del imperio romano, emplearon los caminos y los medios de transporte del imperio romano, para anunciar la vida de un ajusticiado, ahora resucitado, dando vida a las comunidades creyentes de entonces, y anunciando una purificación para las estructuras en decadencia del imperio romano. 

No pretendían los creyentes la caída del imperio sino la vida nueva de aquellos pueblos dominados por los ejércitos imperiales, mediante el testimonio de vida, la defensa escrita del derecho a creer, el martirio. 

Durante los siete u ocho siglos de la era cristiana, el imperio romano se fue desmoronado. 

La Iglesia se afirmaba como “toda ella ministerial”; en los ejércitos y en las estructuras de gobierno y de enseñanza, estaban los creyentes; algunos notables creyentes, que habían dado muestras de sabiduría para gobernar, pasaban a ser Obispos, como Ambrosio, elegido por la comunidad creyente y aceptados por la máxima autoridad y que dieron ejemplo de una gran sabiduría, como consta por su escritos. 

Al poco tiempo, Tertuliano llamaba la atención de los emperadores: “Somos de ayer y ya lo llenamos todo. 

Sólo les hemos dejado vacíos sus templos”.

Lo que aconteció en los primeros siglos de la Iglesia bajo el impulso de la resurrección de Cristo, no sigue aconteciendo del todo. Aunque no deja de estar presente hechos fuera de lo común. 

Hoy en día, “la Iglesia perpleja”, según el pensamiento del notable pastoralista Agenor Bringhenti, tiene más titubeos que caminos de solución. 

En lugar de una Iglesia de compromisos, tenemos una Iglesia que reza mucho, que no es malo esto, pero si el rezo no va acompañado de compromiso por el bien del prójimo, la Iglesia no avanza, no suena más que para el alimento de emociones. 

Se pude llenar un templo de fieles que cantan y vibran hasta cimbrar los muros del templo y el mundo sigue con enfermos en las calles, pedidores de limosna, gente sin trabajo.

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