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Miércoles , 20.02.2019 / 14:07 Hoy

Columna de Javier Hurtado

La seguridad de AMLO

Javier Hurtado

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Recientemente, en Salamanca, Guanajuato, el 31 del mes pasado; y en Tijuana, Baja California, el jueves 7 del presente, han aparecido mantas con amenazas al Presidente Andrés Manuel López Obrador. Ante eso ha respondido: “el que lucha por la justicia no tiene nada que temer”, y que no por las amenazas se va a detener. Sin embargo, reconoció: “tengo miedo, como todos los seres humanos, pero no soy cobarde”. Dice que su mejor escudo es la gente que lo acompaña, aunque a veces lo “apachurren”.

No deja de resultar paradójico que el mandatario con el más alto nivel de aprobación en la Historia de México (superior al 80 por ciento), sea objeto de intimidaciones. Lo que quiere decir que algunos de los que no aprueban su estilo de gobernar - aunque sean pocos- seguramente son los que le lanzan las bravatas. Para que ocurra un magnicidio basta un solo individuo, las condiciones adecuadas para realizarlo; y que los intereses afectados actúen en consecuencia.

Decir que “los que luchan por la justicia no tienen nada que temer”, además de temerario, resulta falso puesto que la historia registra que esos luchadores son los que han sido asesinados: Zapata en 1919; Gandhi, en 1948; El Che Guevara en 1967; Martin Luther King en 1968; y más recientemente, Colosio, en 1994. Los intereses que está afectando el Presidente de México, son de la misma magnitud, o mayores que los que en su momento menoscabaron, o buscaron hacerlo quienes han sido víctimas de magnicidios.

Un atentado contra AMLO dañaría inconmensurablemente la estabilidad económica, política y social del país entero. AMLO debe entenderlo, y no por caprichos personales trasladarse y andar en lugares públicos como cualquier hijo de vecino. Si está cumpliendo una responsabilidad oficial, debe someterse a las reglas que aplican para todos los que ocupan la jefatura del Estado, en México y en cualquier país del mundo. Debe adaptarse a las reglas de la institución, no la institución someterse a sus caprichos personales. No puede actuar con rebeldía en esto, y al mismo tiempo decir que “ya no se pertenece”.

¿Cómo es posible que quien insiste con denuedo que sean los militares los que se encarguen de la seguridad de todos los mexicanos, no acepte esa protección para sí mismo? El buen juez por su casa empieza. Y si no, ¿Por qué no hace una consulta popular para preguntarnos si estamos de acuerdo en que nuestro Presidente no tenga protección profesional?

Está bien que no se reedite la prepotencia y excesos del Estado Mayor Presidencial, pero bien puede reclutar de ese cuerpo profesional al menos 20 elementos que le brinden protección, que es una protección al país entero y para todos los mexicanos.

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