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Abelardo de la Espriella: el riesgo de confundir autoridad con gobierno

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  • Javier García Bejos

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Colombia acaba de girar a la derecha. El 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia después de derrotar por un margen inferior al 1% a Iván Cepeda, en una elección que confirmó hasta qué punto el país sigue políticamente dividido.

De la Espriella llega al poder con una promesa sencilla y poderosa: recuperar el orden. Después de cuatro años de Gustavo Petro, marcados por la confrontación política, una estrategia de paz cuestionada y la persistencia de la violencia en amplias regiones, el discurso de autoridad tiene un terreno fértil. El problema es que gobernar un país complejo es bastante más difícil que prometer que se impondrá la autoridad.

El nuevo presidente ha planteado una agenda ambiciosa: reducir hasta 40% el tamaño del Estado, aplicar austeridad fiscal, reactivar el sector de petróleo y gas, combatir frontalmente al narcotráfico y abandonar la estrategia de negociación con grupos armados que caracterizó al gobierno anterior. Incluso ha defendido el uso de herbicidas para combatir los cultivos de coca.

Algunas de estas ideas responden a problemas reales. Colombia necesita recuperar el control territorial en regiones donde el Estado continúa siendo débil; necesita enfrentar el narcotráfico con mayor eficacia y necesita corregir sus desequilibrios fiscales. También es razonable revisar una política energética que, llevada al extremo, podría comprometer una fuente relevante de ingresos y divisas.

Pero una cosa es reconocer los problemas y otra creer que todos pueden resolverse con voluntad política, militares y recortes presupuestales.

El primer desafío de De la Espriella será precisamente ese: demostrar que su concepto de autoridad no se convierte en autoritarismo administrativo. Su toma de posesión ya ofreció una señal simbólica. La ceremonia tuvo lugar en Cali y su principal discurso fue pronunciado en un batallón militar, bajo una retórica centrada en recuperar “orden, autoridad y libertad”.

La imagen es potente, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué entiende exactamente el nuevo gobierno por orden?

Porque el Estado de derecho no consiste simplemente en que el Estado tenga fuerza. Consiste en que esa fuerza esté sometida a la ley, a los controles institucionales y a los derechos de los ciudadanos. Colombia ha sufrido durante décadas precisamente por la existencia de actores armados que pretendían imponer su propia idea del orden. Sería paradójico que la respuesta consistiera en sustituir una lógica de fuerza por otra.

También hay que observar con atención su promesa de adelgazar el Estado. Reducir burocracia innecesaria puede ser una política perfectamente razonable. Reducir indiscriminadamente la capacidad estatal, en cambio, puede producir exactamente lo contrario de lo que Colombia necesita. Un Estado pequeño pero incapaz de garantizar seguridad, justicia, educación, infraestructura o servicios públicos no es necesariamente un Estado eficiente: puede ser simplemente un Estado ausente.

Y aquí aparece la contradicción central de la propuesta de De la Espriella. Quiere un Estado más pequeño, pero al mismo tiempo un Estado mucho más fuerte en seguridad. Quiere austeridad, pero también mayores capacidades militares. Quiere recuperar la inversión privada, pero tendrá que hacerlo en un país donde todavía existen enormes desigualdades territoriales y sociales.

Eso requiere algo que rara vez produce la política contemporánea: pragmatismo.

De la Espriella no tiene experiencia previa en cargos públicos, y buena parte de su capital político proviene precisamente de presentarse como un outsider. Esa condición puede ser una ventaja porque le permite romper con inercias políticas, pero también puede convertirse en una debilidad si confunde la política profesional —con sus negociaciones, límites y equilibrios— con una extensión del litigio o de la confrontación electoral.

Además, ganó por un margen estrechísimo. Eso debería obligarlo a gobernar para Colombia y no únicamente para quienes votaron por él.

La tentación de todo gobierno que llega después de una etapa de polarización es hacer exactamente lo contrario de su antecesor. Petro quiso transformar Colombia desde la izquierda; De la Espriella parece dispuesto a transformarla desde la derecha. Pero cambiar el signo ideológico del gobierno no garantiza cambiar sus resultados.

Colombia no necesita otra revolución política. Necesita instituciones que funcionen.

Necesita seguridad sin abusos, crecimiento sin destrucción ambiental, inversión privada sin captura del Estado, programas sociales que reduzcan pobreza sin generar dependencia política, transición energética sin suicidio fiscal y una política exterior que responda a los intereses colombianos y no a las simpatías ideológicas del presidente de turno.

El nuevo mandatario tiene una oportunidad considerable. El desgaste del petrismo le ha entregado una ventana política que difícilmente habría tenido unos años atrás. Pero también tiene una responsabilidad proporcionalmente mayor: demostrar que la derecha puede gobernar sin convertir la política en una guerra cultural permanente.

Porque Colombia ya ha tenido suficiente de presidentes que prometen refundarla.

Ahora necesita uno capaz de administrarla, transformarla cuando sea necesario y, sobre todo, entender que ganar una elección —incluso una elección histórica— no equivale a recibir un cheque en blanco.

El verdadero examen de Abelardo de la Espriella no será su capacidad para hablar de autoridad.

Será demostrar que puede ejercerla sin dejar de rendir cuentas ante las instituciones que precisamente esa autoridad debe proteger.

Y ese, paradójicamente, es el punto en el que un presidente que llegó prometiendo mano firme puede demostrar que realmente entiende lo que significa gobernar una democracia.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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