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Jueves , 25.04.2019 / 02:06 Hoy

Ruta norte

La Cloaca y el letal Supercamarón M

Jaime Muñoz Vargas

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En La Cloaca (Universidad Veracruzana, 2019) del escritor argentino Guillermo Ferreyro, nos topamos con la vida de un personaje que en primera persona nos convida una experiencia pasmosa. 

Dos terceras partes de la novela se desarrollan en el entorno de la cloaca, en un barrio que araña apenas lo clasemediero y particularmente en su casa, donde vive con una madre agobiada por el aburrimiento y un padre ausente, viajero y afectivamente distanciado. 

En ese espacio comienza el relato (por la alusión a la muerte de Perón suponemos que este arranque se ubica en julio de 1974) y el narrador allí avanza entre sobresaltos domésticos y la rutina de las escapadas a la cloaca. 

Cierto espacio de la casa le está prohibido: se trata de la habitación en la que su padre almacena objetos secretos, sin aparente conexión. El adolescente consigue un duplicado de la llave y ante las ausencias de sus padres logra inspeccionar el habitáculo. 

Lo más llamativo son los frascos en los que su padre guarda animales extraños en agua descompuesta u otros líquidos.

Cuando creemos que el relato ha quedado estancado el círculo viciado de lo familiar, hay un giro repentino en la trama. Gracias a un diario de su padre escondido en el cuarto cerrado, advierte que se dedica a la experimentación con camarones. 

Poco a poco adquiere habilidades de chef, toma cursos y es allí cuando decide pegar el gran salto a la historia, reivindicarse: la guerra contra los británicos ha pasado y él, que la eludió con vergüenza, decide un vendetta, sacarse la espina, ser alguien con el objetivo de provocar orgullo en su padre. 

Se embarca en la cocina de un carguero ruso y poco a poco manipula el alimento de la tripulación para conseguir determinados efectos de comportamiento.

El proyecto lo lleva a Inglaterra, país al que piensa lastimar mediante un método que pasa por la gastronomía, los huevecillos de una criatura llamada “Supercamarón M” y la defecación de quienes insuman sus platillos. 

El ritmo de estas peripecias es delirante, disparatado en su propósito y contado con permanente humor negro. He aquí, exactamente, una de las mayores virtudes de La Cloaca: su ritmo frenético.

La Cloaca es, por todo, una historia digna del premio Sergio Galindo. Ojalá que libros como este sigan agrandando en calidad y cantidad el valioso catálogo de la Universidad Veracruzana.

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