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Viernes , 15.02.2019 / 17:45 Hoy

Ruta norte

Alí sobre (no bajo) el ring

Jaime Muñoz Vargas

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A los diez años, o muy poco antes, me interesé en el boxeo. Ya he escrito que ese gusto nació por acompañar a mi padre en las funciones sabatinas transmitidas por televisión desde la Arena Coliseo, el “embudo coliseíno”, como le decían Jorge Alarcón y Antonio Andere, para mí la dupla más destacada de relatores boxísticos que en el mundo ha habido.


Durante años y años vi box los sábados por la noche, aquel box en el que se sentía aún la impronta del barrio, el aroma a verdadero sacrificio para llegar al estrellato. Cada dos o tres meses, además, había alguna función internacional y no la omitíamos.


En vivo vi, por citar algunos nombres, a (el último Púas) Olivares, Nápoles, Zárate, Zamora, Pintor, Sal Sánchez, Pipino, Limón, Villasana, Zaragoza, Canto, Ursúa y muchos otros hasta que el “pago por evento” arruinó todo.


Durante la mejor época de Chávez, como sabemos, el gángster Don King ya administraba de otro modo la difusión del boxeo, así que perdí algo de interés. Entre las peleas internacionales que no olvido están las del Muhammad Alí, incluida la fársica contra el nipón Antonio Inoki.


Lamentablemente lo vi en vivo en su decadencia, con algunas lonjas, sin la rapidez de puños, sin los quiebres de cintura ni la soltura de piernas que lo hicieron el mejor (“el más grande”) de todos apenas cinco años atrás.


Recuerdo, por ejemplo, sus pleitos en el amanecer de los ochenta contra Holmes y Berbick. En ambos se veía ya pesado, lento, sin fuerza en la pegada. Conservaba, eso sí, la pasmosa técnica de eludir golpes con movimientos de cintura hacia atrás, sobre todo cuando podía recargarse en las cuerdas.


Mucho, muchísimo se ha destacado ahora su flanco de figura pública, su rostro (por decirlo así, muy laxamente) político. No soy de tomar en serio esas mezclas entre lo deportivo y lo otro, y es por eso mismo que puedo gozar a Maradona sin necesidad de subrayar sus opiniones así como disfruto a Borges sin hacer demasiado caso a las ocurrencias que de manera intencional o forzada por la prensa hizo sobre la democracia, la libertad de prensa, las dictaduras y etcétera.


Alí, o Cassius Clay, como queramos, fue un gran, un inmenso boxeador, quizá el más técnico y contundente (a la vez) que haya pisado un cuadrilátero hasta ahora. Pedirle más atributos me parece excesivo, pasto fácil para una interminable polémica.

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