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Sábado , 23.02.2019 / 03:02 Hoy

Ruta norte

Abundancia de libros

Jaime Muñoz Vargas

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Por leer sigo entendiendo algo distinto a leer aquí y allá, con prisa, fragmentos ocurrentes lo mismo de Twitter que de Facebook, de Instagram o de Whatsapp. 

Más allá de que en esencia es el mismo acto, es decir, deslizar la mirada encima de palabras para construir sentido, leer, lo que se dice leer, es un acto aún relacionado estrechamente con la concentración y con el libro o sus adláteres: las revistas y los periódicos. 

Ahora bien, el debate sobre los nuevos tipos de lectura da sólo por hecho una certeza: ya no leemos igual que hace apenas quince o veinte años, pero yo tengo para mí esta corazonada: la gente que se contenta con leer los aludidos fragmentitos es, en promedio, la misma que antes no leía nada o casi nada, y la gente que sigue teniendo el apetito de la lectura un tanto más profunda es, también en promedio, la misma que antes tenía avidez por las publicaciones de papel. 


Así pues, el acceso al libro debe seguir siendo facilitado en la medida de lo posible en todas las instancias que participan en la cadena de distribución: editoriales, librerías, escuelas, padres de familia y, por supuesto, el Estado. 

No es pues mala idea tratar de, en los casos viables (libros clásicos, por ejemplo), bajar el precio de los libros, de suerte que más ejemplares lleguen a más usuarios al precio más reducido posible. Esto no garantiza el incremento del número de lectores, pero amplía el abanico de títulos disponibles a los lectores predispuestos. 


Señalar como aberrante la política actual de buscar precios accesibles para ciertos libros es, al menos, excesiva. Muchos lectores —yo entre ellos— podrán recordar lo ventajoso que fue tener al alcance de unos cuantos pesos algunas colecciones que sin duda ramificaron nuestros intereses hacia autores, géneros y temáticas que de otra manera, con libros caros, hubiéramos tardado en ubicar. 

Por ejemplo, toda la serie SEP Setentas que en esa década puso decenas de excelente libros en circulación a precios de risa, o la de Lecturas Mexicanas que en los ochenta concilió el trabajo de la SEP y varias editoriales comerciales para poner en la calle más de 300 clásicos mexicanos. 


La abundancia de libros accesibles quizá no incremente el número de lectores, pero sí afianza los que ya hay. Bienvenidos sean, por ello, los bajos precios para este producto.

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