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Martes , 19.03.2019 / 18:18 Hoy

Crónicas urbanas

Para evitar las trampas de la calle...

Humberto Ríos Navarrete

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Una de las primeras tareas era cubrir con ilustraciones este espacio ubicado en la delegación Iztacalco, cerca de la estación Pantitlán del Metro, vecino de Iztapalapa, Venustiano Carranza y Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, donde convergen la inseguridad, venta y consumo de drogas, además de agresiones contra niños y adolescentes.

Luis Namihira, quien se considera un “tlacuilo”, conoce bien el terreno, pues nació y se desarrolló en estos rumbos; por eso encabezó el grupo cuyo proyecto había ganado el segundo lugar a escala nacional con una propuesta novedosa.

Entonces le dieron la opción de escoger el lugar y de inmediato, frente a una funcionaria de Iztacalco, pensó en este recodo geográfico de la colonia Agrícola Pantitlán. Un lugar propicio para lo que había planeado con paciencia.

Le habían dicho:

—Escojan un espacio, el que más les agrade, para que podamos replicar lo que estamos haciendo acá —se referían a otro centro social denominado Cuchilla, de características similares—, con todas sus ideas y lo demás.

Mamihira, ex grafitero “ilegal”, había sido estudiante y activista en el Colegio de Ciencias y Humanidades; después optó por cursar la carrera de diseño gráfico.

Ahora estaba del otro lado, incluso como dueño de una marca de ropa, Mercy Bad, que vende en El Chopo, y quería entregarse de lleno al fomento social y cultural.

Y llegaron al lugar.

—Sí, y nos enamoramos por la construcción; es pequeño —recuerda Mamihira—, pero teníamos todo lo necesario para poder hacer algunas actividades, porque la encomienda era por el entorno: es una zona donde los niños sufren de bullying y hay mucha droga. Por eso nuestra atención es meramente con niños y nos tuvimos que acoplar al entorno.

—En esta zona hay varias escuelas.

—Sí, muchas escuelas públicas, y la idea es atraer a todos esos niños. Ahorita ya estamos consolidando el proyecto.

—¿Y para los jóvenes?

—Con los jóvenes abrimos el espacio para que, con sus diferentes ideas, puedan entrarle; ahorita, por ejemplo, tuvimos un evento de grafiti.

Y es aquí, en este sitio y su entorno, donde la convergencia adquiere un valor peculiar. “Era un espacio al que llamaban El Salón de la Fama”, recuerda. “El que pintaba en Pantitlán, se volvía famoso en el ámbito grafitero ilegal”, comenta mientras mira los grafitis legales que hace poco hicieron jóvenes en las instalaciones.

“Yo, desde hace 21 años, hago grafiti; me convertí en un tlacuilo, quería dar mensajes”, dice, “y dejé de ser ilegal para convertirme en legal; es un proceso que pasa todo grafitero: empezar con la cosquilla, ¿no?, porque la gente metida en el grafiti venimos de familias disfuncionales y quieres ser tomado en cuenta”.

—Y llegas aquí...

—Sí, brincas esa etapa y quieres que los niños no caigan en las trampas de la calle, porque la idea es transformar el entorno para que aprendan sanamente, sin alcohol, sin drogas, sin todo eso...

—Y vienen de todas partes.

—Tenemos alumnos de Santa Martha, de Los Reyes, porque aquí es el único espacio donde se les da oportunidad al breakdance, al grafiti, tenemos clase de rap, big box. Hemos querido conjuntar varias disciplinas. Lo que no hacen otros centros sociales o culturales. O sea, buscar alternativas reales para los chicos.

Y está lo visual, para crear un ambiente agradable, mientras las madres esperan a sus hijos; y para esa tarea participaron seis miembros de la Asociación Mexicana de Ilustradores (AMDI), quienes plasmaron diversas historias.

“El arte transforma vidas, la ilustración crea lectores”, sintetiza Max Estrada, uno de los participantes del proyecto que dieron lustre a este lugar.

***

La AMDI, que también agrupa a diseñadores, es un proyecto creado en 2011; la idea surge entre grupos de discusión y en foros de redes sociales.

Sus fundadores se conocieron en ferias de libros y se desempeñan como ilustradores de publicaciones de literatura infantil y juvenil.

También se han agregado especialistas en ilustración científica, infografistas, autores de cómics y novela gráfica, ilustradores para sitios web, tatuadores, libros de texto, caricatura política, streetart —muralismo—, publicidad y retrato.

La asociación cuenta con cerca de 150 ilustradores en el país, informa Víctor Hugo Rojas, “y como ejemplo de nuestra responsabilidad civil”, agrega, realizaron murales en esta casa de cultura. “Nos invitan porque el espacio, las paredes, estaban en blanco y les querían hacer un regalo a los niños”.

La mayoría de las ilustraciones, realizadas en muros interiores con diferentes técnicas, tiene que ver con la promoción a la lectura, “para que todo tipo de personas que asisten al lugar, sobre todo los niños, interpreten cada historia”, comenta Rojas.

“El objetivo fue a partir de personajes y los ambientes que proponíamos. Invitamos siempre a los lectores para que interpreten con su imaginación”.

Y aquí está frente a su obra.

—Nos comentaron que al centro asisten principalmente grupos vulnerables y también madres solteras que traen a sus hijos para que se integren a las actividades que ofrecen... Por eso es la representación de una madre y su hijo que le está contando un cuento, y las pequeñas aves de papel que detonan otras historias.

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La intención radicó “en generar un espacio lleno de colores, de narrativa, de arraigo, y que se hiciera sentir parte de una zona que rompe con la violencia, donde se vive arte”, explica Max Estrada, miembro de la AMDI.

—¿La finalidad?

—Reforzamos una interacción familiar, convertimos un espacio en blanco en un recorrido lleno de historias, emociones, sabores cromáticos.

Max dice que “el arte transforma vidas y la ilustración crea lectores”.

De ese modo “la imaginación de los niños se dispara”.

Al tener estos espacios “llenos de energía cromática, impactamos en los niños, hacemos sentirlos suyos, pues contamos historias con sonidos de colores”.

—Son parte del proyecto.

—Sí, regalarle a los niños los murales. Eso es lo que queremos hacer con esta iniciativa: traducir la ilustración editorial a los murales para que fuera de los libros puedan disfrutar de un espacio; la intervención de un espacio para hacerlo más bonito y elegante, para que los niños convivan.

—¿Qué te tocó hacer?

—Este mural es una analogía hacia Alicia en el país de las maravillas; tiene muchas texturas, caminos por dónde recorrer visualmente, y eso es lo que fortalece y hace divertida la convivencia del espacio público con los niños. Utilicé wash y retoques digitales.

—Y qué tal: llevar el ámbito editorial a los muros.

—Es una experiencia increíble, porque de por sí somos narradores de historias y acá, además, nos metemos un poco con la arquitectura y la decoración de interiores. Vinimos a alegrar y ponerle sonidos de colores a un espacio público.

Es el vértice geográfico que forman las delegaciones Venustiano Carranza, Iztacalco, Iztapalapa y Ciudad Nezahualcóyotl, la cuna del grafiti, donde se unen riesgos y contrastes.

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