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Miércoles , 24.04.2019 / 07:21 Hoy

Crónicas urbanas

Balmis 148, cruce de tragedias

Humberto Ríos Navarrete

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En los alrededores del Hospital General de México proliferan agencias funerarias, taxistas que ofrecen servicios y subempleados que apartan espacios para autos, además de familiares y amigos en espera de sus pacientes o de otros que aguardan para relevarlos de las infinitas antesalas.

Todo sucede mayormente durante noches y madrugadas, cuando un grupo de personas en situación de calle ocupa el espacio exterior, construido para que se guarecieran familiares de enfermos, muchos de ellos con enfermedades avanzadas, la mayoría originarios de provincia.

Hay personas piadosas que llevan algo de cenar o algún bocadillo o reparten café y pan entre los familiares. La mayoría de los pacientes es de exiguos recursos económicos. Está el caso de una señora de Cosoleacaque, Veracruz, quien trajo a su hermano que “enflacó de repente”.

De Tlaxcala es un joven de pocas palabras. Dice que hace un mes trajo a su papá. Se le pregunta qué tipo de enfermedad tiene y responde: “Muchas, pero mayormente cirrosis hepática”. Otro, también retraído, de Huautla de Jiménez, Oaxaca, trae a su madre. “Tiene piedras”.

Un paciente de Ixtapaluca, Estado de México, recibió un balazo en el hombro. “Lo querían asaltar cuando iba a ver a sus primos”, dice su madre, que tiene como vecina a otra señora de la alcaldía de Iztacalco, cuya hija, de 21 años, sufre de convulsiones. “Le acaban de sacar una tomografía”.

Una señora de Texcoco está junto a otra de Ecatepec, Estado de México, más o menos de la misma edad. La primera trajo a su padre, de 77 años, para que le practicaran una hemodiálisis; la otra, a su madre, de 83, “porque tiene hinchados sus pies y el corazón muy débil”.

Y así, historias parecidas o peores, como la de Alicia, quien espera que atiendan a su madre enferma de cáncer en la toroides. Ella fue estafada por un hospital particular y desdeñada por uno oficial en la sierra poblana.

***

El panorama forma parte de lo que se observa de manera cotidiana en el Hospital General de México, situado en Doctor Balmis 148, colonia Doctores. Algunos familiares están fuera del recinto y otros en vestíbulos.

La señora Alicia es de Coyomeapan de las Manzanas, Puebla, situado entre Coxcotlán y Ajalpan, zona serrana, “como a ocho horas, y estoy aquí porque mi mamá, de 74 años, tiene cáncer en la tiroides”.

Hace un mes y medio la operaron en Tehuacán, pero a los 20 días renació el tumor. “Le salió una bola así de grande —apunta su cuello con el índice y hace una figura redonda con la mano derecha— y ahorita está en observación porque hay mucha gente y no hay cama”.

Doña Alicia trabajaba en casa, pero desde enero dedica todo el tiempo a su madre. Ella y otro familiar son los que más ayudan en el pago de servicios médicos. Los demás parientes cooperan poco, pues no cuentan con ingresos suficientes.

—Se acabó los ahorros.

—Sí, porque yo tenía un cochinito con 17 mil pesos, que era para construir la casa, pero me lo gasté todo, todo. En Tehuacán mi mamá fue operada por primera vez. La tuve internada cuatro días en un hospital de paga. Hasta ahora hemos gastando como 90 mil pesos. Debemos harto.

—¿Y ahora hacen cola?

—No, está acostadita en un sillón. Le pusieron suero para el dolor.

—¿Y aquí cuánto les van a cobrar?

—Pues unos me dicen que sí cobran y otros que no. Ahora sí que no es mentira pero allá en mi pueblo tenemos una casita de teja, y en Tehuacán una casa chiquita pero está en obra negra. Y pues te digo que yo trabajaba y mantenía a mi mamá y ponía para el gasto, pero ahorita ni uno ni otro.

***

“Ella no dice nada, pero es bien feo lo que tiene”, comenta Alicia, mientras esculca su bolsa de mano y saca el teléfono para mostrar fotos de la protuberancia de su madre. “Es una especie de granada abierta con las semillas reventadas. Haz de cuenta que la herida cerró cuando la operaron —explica—, pero se volvió a hinchar y mira lo que pasó”.

—Si no la operaron bien, usted debe denunciar.

—Es lo que nos dijo el último doctor. Él dijo: “No le quitaron hasta la raíz”. En ese hospital me cobraron como 28 mil pesos; más los estudios: que la tomografía, que el laboratorio... Pagué nueve mil pesos.

—Y hubo un segundo hospital.

—Sí, me cobró 15 mil 500 pesos; haz de cuenta que ese doctor nada más limpió y nos envió acá, porque ya la bola iba hasta por acá. Y cuando la operaron quedó así. Luego, se le hizo este hoyito, luego este otro y así se empezó hasta que le salió esto.

—Se le bajó.

—Sí, y cuando la llevé al Hospital General de Tehuacán, hace cuatro días, es porque sangraba mucho. Me dijeron: “No, pues mira, aquí no hay tratamiento”, y yo pensé: “pues a dónde la llevo, si aquí ni la Cruz Roja me la atiende; me la tengo que llevar a un particular, aunque no tenga dinero”.

—Y la llevó.

—Sí, y le puso antibiótico y me dijo que la trajera al Hospital General de México. Y es que en Tehuacán no la operaron bien, porque esto fue lo que le sacaron —dice y muestra la fotografía de un frasco con una pequeña protuberancia— y fue cuando me dijeron que tenía cáncer.

—¿Y aquí qué le han dicho?

—Pues aquí me dijo el doctor: la vamos a tener que internar y revisar, pero ahorita no tenemos cama; si quiere, se esperan; luego, me estaban pidiendo estudios de laboratorio y les dije que yo traía, que apenas les había sacado. Y se los entregué.

—Aquí hay buenos especialistas.

—Sí, ojalá y Dios quiera, porque la verdad… ya no sé qué onda. Y es que ahorita allí en la sala se murió una abuelita. Hace un rato estaba tosiendo. Habíamos mucha gente, pero nadie se dio cuenta, solo se quedó dormidita. Entonces, oiga, la verdad a mí me da miedo con mi mamá.

—¿Y usted cada cuándo la va a ver?

—No, pues ahorita nomás vine por el café y ya la voy a ver; estoy dándole vuelta, no la dejo sola; adentro está mi marido, pero está durmiendo. Le dije: “Duérmete un ratito, ahorita vengo”.

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