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Viernes , 22.03.2019 / 21:02 Hoy

Crónica

Tregua

Hugo Roca Joglar

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A Farid, su madre soltera le enseñó a tranquilizarse a través del mar. El Caribe hondureño se extendía a medio kilómetro al sur de su casa en la ciudad de Tela. Debía caminar cinco minutos para llegar a la arena y ver el agua. A veces con verla bastaba. Si Farid se sentía rabioso o estresado, la contemplación del ir y venir (o nacer y morir) de pequeñas olas suspirantes era suficiente para que a su espíritu regresara la calma. Sucedía a veces que su inquietud no se iba y era necesario quitarse de noche la ropa, meterse al agua y desprenderse de la angustia brazada a brazada, a través de su movimiento en una atmósfera más pesada.

A los 21 dejó Tela para estudiar Comunicación en la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli). Su madre murió a los seis meses, en marzo de 2018. Farid viajó a su tierra natal para asistir al funeral y nadó en el mar de su infancia hasta que el cansancio le suprimió la certeza de tener piernas. Volvió a Managua para seguir estudiando. Entonces estalló la revolución. Se atrincheró en la Upoli con Sofía, su novia, y varios compañeros. Abril, mayo, junio y julio los vivió entre marginalidad bélica barricadas de adoquines, efímeras siestas sobre catres en salones de clases, salir embozado a la calle y ayudar en la fabricación de bombas para morteros y una cadena de tragedias: tres amigos muertos. En agosto, Sofía decidió organizar un grupo guerrillero a las afueras de Managua y a Farid de pronto le pareció absurdo morir asesinado por una guerra que no terminaba de entender.

Regresó a Tela con 23 años y una carrera trunca. La casa en la que creció con su madre se había convertido en una marisquería muy limpia en donde también vendían ron y cerveza. Rentó un cuarto lejos del agua y encontró trabajo como lavaloza en un hotel turístico. Sus días se llenaron de trapeadores y lenguas extrañas. Dormía frustrado y despertaba envuelto en angustia. Iba al mar cada mañana. Lo veía; nadaba, pero ya no servía de nada.

A principios de octubre Farid viajó a San Pedro Sula para unirse a la caravana migrante rumbo a Estados Unidos. La abandonó en un punto medio: Ciudad de México, donde ha encontrado trabajo como utilero en una cancha de fut 7 cerca del Azteca. Pero, sobre todo, Farid ha encontrado en la capital mexicana una sensación de tregua: con su orfandad, con su condición de ilegal y con su amor malogrado. Sigue roto y en problemas, pero la ciudad lo ha obligado a detenerse y esperar. A inflar balones, rentar espinilleras y apagar marcadores electrónicos. A caminar sin pensamientos al borde de un año nuevo por las estrechas calles empinadas (las de la Ruiz Cortínez) aledañas a un estadio gigantesco, cuyas casas comparten una imagen triste que extrañamente lo reconforta: varillas sueltas en los techos que apuntan desnudas e incompletas hacia el cielo como promesas de nuevos pisos que nunca serán construidos.

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