• Regístrate
Estás leyendo: Enfermiza imaginación musical
Comparte esta noticia
Sábado , 23.03.2019 / 03:14 Hoy

Crónica

Enfermiza imaginación musical

Hugo Roca Joglar

Publicidad
Publicidad

Fui educado para nunca caminar por calles nocturnas. La noche, durante mi infancia en la coyoacanense colonia Parque San Andrés, era el momento en que las calles se transformaban. Las mismas cosas ya no eran las mismas cosas. Surgían plenas de otros significados. Significados perversos y enigmáticos.

Desde la ventana de mi cuarto podía ver un pequeño pedazo de la esquina que conforman América y Pensilvania, y a esa sesgada visión de un mínimo espacio entre dos calles se reducía mi acercamiento real con las tinieblas de la ciudad. Lo demás era el horror.

Había escuchado dos historias sobre la noche que mis amigos Mario —de la escuela Fernando. R. Rodríguez (hoy Colegio Chimalistac)— y Charly —del Club Asturiano— me contaron con voces opacas.

1.- Un pesero atropelló a una prima segunda de Mario afuera del Estadio Azteca. Había ido con su novio a un partido del América. Quedó paralítica. Tenía 18 años. El chofer estaba borracho.

2.- La madre de Charly recibió un balazo durante un asalto en Polanco. Fue a una fiesta a 200 metros de su casa. Regresó caminando a las dos de la madrugada. Un muchacho la encañonó. Dio reloj, bolsa y zapatos de tacón, pero se negó a desprenderse de su anillo matrimonial. El criminal le disparó en el pie y salió huyendo. La bala le destrozó el dedo gordo del pie izquierdo. Conservó el anillo. Su esposo llevaba cuatro años muerto.

Estas dos historias sembraron el horror en mis noches infantiles. Un horror que se desprendió de Mario, su prima segunda y el Estadio Azteca, de la madre de Charly y su dedo destrozado; se desprendió de esas cosas concretas para convertirse, merced a mi enfermiza imaginación musical, en un horror abstracto que nacía de los sonidos.

Daba igual tener los ojos abiertos o cerrados. Acostado en la cama, mi imaginación construía horribles historias desde los ruidos: Sirenas de ambulancias significaban incendios, botes de basura derribados por el viento eran pasos de asesinos a sueldo y motores de camiones lejanos se convertían en aviones de combate.

Y esta última imagen me venía de un lugar que podía identificar: mi único abuelo muerto (el paterno) en ese entonces (hacia 1994) combatió hacia el final de la Guerra Civil Española a los 16 años cuando, al quedarse sin soldados, los republicanos comenzaron a reclutar niños en Barcelona. He visto fotos. Mi abuelo era imberbe, pero llevaba un fusil al hombro. Sobre la guerra no decía mucho; me contó una sola cosa: que una vez, en las trincheras, tuvieron que asar un gato. Mi abuelo había crecido con un siamés de nombre Escopeta, así que prefirió el hambre.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.