• Regístrate
Estás leyendo: En un velatorio de Tlalpan
Comparte esta noticia
Miércoles , 20.03.2019 / 06:07 Hoy

Crónica

En un velatorio de Tlalpan

Hugo Roca Joglar

Publicidad
Publicidad

A Elena, de niña, la aterraba el silbido de la tetera; no podía evitarlo: un sonido cotidiano que la sumía en panoramas trágicos. Después de la cena, cuando su madre prendía la estufa y rellenaba de agua la tetera, sentía un espasmo helado en la boca del estómago que la paralizaba.

Quería ponerme de pie, salir, apagar el fuego, gritar que era mejor hervir en microondas, pero era incapaz de hablar o moverme.

De pronto, cuando la tetera comenzaba a silbar, siniestras sensaciones comenzaban a inquietarla. Nunca se convertían en pensamientos concretos; permanecían dentro de ella como palpitaciones relacionadas con el terror y la angustia que la abandonaban en cuanto el silbido de la tetera se extinguía.

Durante su adolescencia combatió ese terror. Su madre preparaba un té y Elena se obligaba a presenciar el proceso sin inmutarse hasta que, ya adulta independiente, en la casa que comparte en la Portales con su amiga Sandra, ella misma comenzó a hervir agua y esperar el silbido con indiferencia.

Superé por completo el asunto; dejé de recordarlo durante años, y, de repente…

La madre de Elena murió el jueves 7 de marzo a las cuatro de la tarde de un infarto de miocardio mientras dormía la siesta en su departamento al lado del Metro Miguel Ángel de Quevedo. 21 horas después, su cadáver está dentro de un ataúd abierto rodeado de coronas florales que trazan su nombre (Guillermina) con pétalos amarillos y blancos al fondo de la sala 04 del velatorio del Issste en avenida San Fernando.

Ayer me estaba haciendo un té verde y sonó el teléfono; la tetera comenzó a silbar cuando escuché en voz de mi hermana: mamá está muerta.

Rosas, crisantemos, gladiolas y claveles conforman una fragancia dulzona que por rachas es arrasada por los olores más fuertes de café soluble y cloro. Entra una adolescente con bufanda verde. Dos veces ha sucedido durante la jornada: lánguidos extraños que se equivocan de sala y, tras breves instante de pasmo ante enlutados rostros desconocidos, huyen avergonzados en busca del muerto correcto. Afuera, en los pasillos que llevan de una sala a otra, tres niños juegan a perseguirse. Pasan las cuatro de la tarde. El cielo luce opaco.

A los 8 años sentía lo que sucedería en el futuro y sabía cómo ocurriría. No soy mística, pero ¿cómo me explico eso? Durante la infancia siempre supe que silbaría una tetera en la muerte de mi madre.

La adolescente con bufanda verde se acerca a Elena y la toma de las manos.

—Tía, ¿cómo te sientes —pregunta la joven.

“Huérfana, aterrada”, Elena esboza una sonrisa triste, “como niña chiquita”, y comienza a llorar.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.