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Lunes , 22.04.2019 / 01:36 Hoy

Crónica

En un primer vistazo

Hugo Roca Joglar

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Julio posee una pasmosa habilidad para anticipar conflictos. Lee con claridad en estados alterados de conciencia. Identifica quién ha sido devorado por la ira y sabe cómo contener un inminente estallido de violencia. Somete, inmoviliza y manipula un cuerpo humano agresivo con maestría. Es un sacaborrachos excelente. Y cuando consigue adherirse a esa realidad de su vida laboral —que trabaja en la seguridad de un bar caro al sur de Insurgentes—, Julio disfruta momentos de una tranquila sensación de utilidad que raya en la satisfacción. Pero esa realidad es parcial y falsa; está convenientemente truqueada para ocultar la existencia de otra realidad, una sórdida y brutal.

Si la mirada hacia el trabajo de Julio trasciende el primer vistazo y se acerca, resulta que el bar es un table donde la erótica danza en un tubo es fachada para cubrir esclavismo sexual y narcotráfico. Cada noche entre las mesas dos muchachos en sus primeros 20 venden coca y anfetaminas y presumen tras bambalinas, risueños, desvergonzados, ante cualquier empleado dispuesto a oírlos cómo sus jefes de la Unión Tepito descuartizan gente. Jueves, viernes y sábados, hacia las 19:00, llegan en dos camionetas negras entre cinco y nueve mujeres que ofrecen servicios de prostitución a los clientes.

Al principio, Julio quiso verlas como libres empresarias de sus genitales, pero poco a poco, a través de rumores y conversaciones con meseros, entendió lo que ocurría: extranjeras (identificó colombianas y eslavas; a ninguna le calcula más de 19 años) que viven aterrorizadas por un proxeneta, quien posee sus documentos identitarios, las tiene hacinadas en un edificio de departamentos en la colonia Juárez y les exige 6 mil pesos por semana.

Trabaja a su lado, escucha sus voces, sabe que son esclavas, pero Julio opta por ignorarlas; de lo contrario, si hablara con ellas, incluso si intercambiara miradas, las humanizaría, y esa idea —la de empatizar con sus tragedias— lo aterroriza, porque entonces estaría obligado ante sí mismo a hacer algo.

¿Y qué podría hacer?, pregunta Julio.

Tiene 35, el cabello negro a rape y barba de candado decolorada. Gana 17 mil pesos mensuales que le pagan en efectivo durante los cinco primeros días de cada mes. Lleva 5 años casado y tiene dos hijas chicas, de cuatro y cinco.

Cuando el terror a su alrededor lo agobia, Julio se aferra a la imagen laboral que hacia su familia proyecta: trabajo en un bar en el área de seguridad, y es por ahí, por la salida fácil, por el primer vistazo, por donde Julio se escapa: yo no padroteo, yo no vendo droga, mi trabajo es lícito: evito peleas y saco borrachos. Necesito el dinero. Lo siento mucho; en lo que encuentro un mejor trabajo, no hay nada que pueda hacer.

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