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Jueves , 21.02.2019 / 20:54 Hoy

El Manubrio

Los taxis de la vergüenza

Héctor Zamarrón

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En las ciudades mexicanas tenemos taxis y microbuses que avergüenzan por su mal estado y pésimas condiciones mecánicas que los vuelven inseguros y peligrosos, a pesar de que en ellos se realiza la mayoría de los viajes que hacemos.

La pregunta es por qué pasa así y si acaso el Estado puede hacer algo para evitarlo, pues alrededor del mundo del transporte la corrupción y la violencia acompañan a complejos sistemas de explotación difíciles de
desarmar.

Con 140 mil taxis y 40 mil microbuses circulando en Ciudad de México, los escasos inspectores de la Secretaría de Movilidad apenas si se dan abasto para inspeccionar uno que otro. Que un taxi reciba una inspección es tan improbable como ganar en los Pronósticos
Deportivos.

Por eso se inventó la revista anual, una práctica que medio permite tener cierto control sobre esas decenas de miles de ruleteros que circulan por la ciudad. Es un ingreso nada despreciable, casi 700 millones de pesos al año, según la Cuenta Pública 2017.

Y sin embargo, en la periferia de la capital pueden encontrarse taxis pirata por miles. Lo mismo de los famosos Pantera que los Taxis de la Montaña o aquellos controlados por el cártel de Tláhuac o los viejos vochos que aún circulan por Cuautepec.

Mientras tanto, en el mercado negro se comercia con las placas y hay quien llega a acumular decenas de permisos sin obligación de tener vehículos en buen estado  ̶ ¿se acuerdan del líder del PRI que tenía casi un centenar?

Con escasas capacidades, cada gobierno evade abarcar demasiado y es así como muchas taras se van arrastrando mientras en las calles se impone el control político o violento de organizaciones de taxis y sitios.

La explicación del mal estado de los taxis reside en que mientras más utilidades saque el dueño de la unidad a su inversión inicial, menos gastará en confort o seguridad para el usuario. Por eso tenemos que usar modelos como el Tsuru, uno de los vehículos más inseguros de México según las pruebas de la independiente Latin NCap.

Se exprime al máximo el vehículo y lo mismo se hace con los choferes, quienes tienen que trabajar más de 12 horas diarias, seis días a la semana, con merma para su salud y sin ninguna prestación ni seguridad social.

La obligación del conductor es entregar “la cuenta” del día, tenga o no ganancias. De ahí que incluso algunos choferes busquen cobrarle al usuario lo que sus patrones les despojan. La consecuencia es un pasajero cautivo que termina por sufrir las malas condiciones de los taxis y las tarifas alteradas.

El capitalismo en su estado puro, pues, con un Estado casi ausente y encima con el desafío actual de enfrentar a Uber y a otras transacionales como Didi, taxis por aplicación.

 Taxis arcoíris

Por si no bastara, hay que esperar que en unos meses se imponga un nuevo color a los taxis para sepultar el rosa que heredó Mancera, como antes él desapareció a los taxis dorados de la época de Marcelo Ebrard o éste a los taxis verdes de Andrés Manuel López Obrador.

En Puebla siempre han sido amarillos. En Nueva York y Bogotá también son amarillos. En Barcelona y Buenos Aires son negros con amarillo. Si los van a volver a cambiar de color que sea al menos al amarillo taxi y que así se queden, por
décadas.

hector.zamarron@milenio.com
@hzamarron

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