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Miércoles , 20.02.2019 / 03:34 Hoy

Afinidades Selectivas

AMLO, el populista

Héctor Zamarrón

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La victoria de Andrés López Obrador en las elecciones fue producto del populismo, de una nueva ola de populismo que ha levantado temores por todo el mundo. Si Marx viviera, así lo expresaría: "Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo", pero como a todo espectro, no hay que tenerle miedo.

Para entender el tiempo en el que vivimos debemos partir de ahí, el populismo está de vuelta y ha traído al poder a Donald Trump en Estados Unidos, a Macron en Francia, en Brasil a Jair Bolsonaro y en México a AMLO. En esa ola también caben el triunfo del brexit o el independentismo catalán.

Hasta aquí no hay carga ideológica alguna en lo dicho, es solo una descripción de fenómenos político sociales que han surgido a raíz del quiebre de la hegemonía neoliberal y del fracaso de sus recetas económicas que nos heredaron un mundo más desigual aún que el de la posguerra.

Donde empiezan las diferencias es cuando se intenta definir el concepto y ahí nos encontramos con dos vertientes, aquella que se hace eco de un famoso politólogo de la Universidad de Princeton, Jan-Werner Müller, autor del best seller llamado ¿Qué es el populismo? (2017) y otra que nace de la politóloga belga Chantal Mouffe y su ensayo de 2018 For a Left Populism.

Müller acusa al populismo de ser un enemigo de la democracia y del pluralismo, de capturar el Estado, someter a los poderes y contener a la sociedad civil. Mouffe, en cambio, entiende al populismo como una estrategia para llegar al poder, no como una ideología, por eso ahí caben lo mismo Trump que López Obrador y de ahí pasa a reivindicar un "populismo de izquierda". Mouffe incluso arguye que el populismo de izquierda no pone en riesgo la democracia, como sostiene Müller, sino al contrario, la revitaliza.

En esa visión hay antagonismo, por supuesto, o polarización como decimos en estos días en México, pero ésta no es negativa a pesar de que detone la alarma de la derecha y sus ideólogos (refugiados incluso en el nacionalismo revolucionario). De hecho, es solo un reflejo de la brutal división económica que hay en la sociedad.

Así, la diferencia central es que con López Obrador no estamos ante un gobierno populista –en términos de Mouffe–, sino ante una coalición que logró el poder por esa vía. ¿Esto es un riesgo para la democracia? ¿Se está concentrando el poder en una figura carismática que puede abusar de este? Esas son las preguntas pertinentes, más que verse atrapado en un falso debate ante el carácter populista o no del gobierno.

Como sostiene Fernando Escalante, estamos ante una crisis de representación. Las antiguas mediaciones sociales a cargo de los partidos quedaron fragmentadas y, como pasó en Francia con los chalecos amarillos, buena parte de la sociedad no se siente representada por los partidos tradicionales. Están en formación otros, son una moneda al aire para recuperar la confianza en la política.

A ello se suma que el establishment intelectual está paralizado sin entender el cambio que ocurre bajo sus narices (http://bit.ly/EliteCap). Ante un terreno desconocido, activan el resorte del miedo para detonar una movilización que pretenden democrática, pero que se revela más bien autoritaria. Sí, toca cuidar la democracia, pero de sus propias élites intelectuales.


@hzamarron

hector.zamarron@milenio.com



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