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Sábado , 20.04.2019 / 21:38 Hoy

Crimen en el "UC3"

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Chaparrín, regordete, con los pelos parados sobre su cara de niño espantado, Peter Madsen estaba muy preocupado por su esposa y sus tres gatos. A punto de quitarse la vida, pensó en ellos y se detuvo. Decidió entonces urdir una trama para justificar la desaparición de Kim Wall, una periodista independiente que había ido a entrevistarlo a bordo de su submarino anclado en la costa danesa.

Desde agosto pasado soltó la misma cantaleta a todos los que le preguntaban sobre el destino de la periodista treintañera preocupada por el cambio climático y los ensayos nucleares. Sobre todo a cuanto policía se le ponía enfrente. Después de acudir a una cita a bordo del sumergible casero que Madsen había confeccionado casi de forma artesanal, prácticamente con sus manos, nadie volvió a saber nada de Wall.

Se cansó de repetir la misma historia: que la periodista había acudido a la cita acordada para entrevistarlo al atardecer del 10 de agosto, que subió a bordo del UC3 Nautilus para hacer su trabajo y bajó luego a tierra entrada la noche.

Madsen es una joyita danesa, una rara. Si fuera un personaje literario o cinematográfico de ciencia ficción sería algo así como un científico loco, un genio del mal.

A sus 47 años, es un personaje más o menos familiar para la prensa local, que lo identifica con el sobrenombre de Cohete Madsen. Con formación de ingeniero aeroespacial, es reconocido por muchos en Dinamarca como un inventor serio que combina sus empeños en la construcción casi doméstica de naves espaciales y submarinos con las labores de dirección en las empresas que ha integrado para emprender viajes y travesías sin ánimo comercial. Un “científico” con esas características parecía un plato apetitoso para una periodista especializada en esos temas.

Por eso Wall insistió en obtener la entrevista, hasta que Madsen le dio la cita a bordo del submarino la tarde del 10 de agosto. Hubo quien la vio subir al sumergible, pero nadie la vio bajar. En un país donde la cordura y los buenos modos se imponen casi siempre y la seguridad está por encima de todo, las autoridades tienden a creer cualquier versión más o menos consistente en torno a una muerte accidental, y más si hay de por medio algunos lloriqueos del declarante, de manera que solo hubo que presionar un poco al inventor para que terminara reconociendo que a bordo de la nave había ocurrido un accidente que lo hizo entrar en pánico y actuar de manera irracional. La periodista, dijo, había recibido un golpe brutal de una escotilla mientras subía por unas escaleras.

Asustado al ver que el golpe le había partido el cráneo a la comunicadora, que yacía agonizante en el piso en medio de un gran charco de sangre, se sintió lleno de culpas. Pensó entonces en suicidarse, pero el recuerdo de su mujer y sus tres gatos lo hizo desistir. Optó luego por tirar por la borda el cuerpo ya sin vida de Wall para darle un entierro en el mar. Después abrió todas las válvulas que impedían el paso del agua y dejó que el submarino se hundiera.

Tal vez alguien, un juez, un policía o un periodista, habrá soltado un sollozo emocionado, alguna lágrima solidaria, al escuchar el relato desesperado de aquel hombre confrontado con la desgracia a consecuencia de un miserable accidente. Después de todo había hecho las cosas con corrección y puntualidad. Despojó de sus zapatos y sus medias a Wall, la ató con un cable delgado y la arrastró sin perder la dignidad por el interior del submarino hasta el borde donde la arrojó al mar.

Ya encarrerado con el hilo de las confesiones de carácter íntimo, Madsen se puso a hablar como si nada de una vida matrimonial con siete años de “relación abierta”, y contó cómo sus submarinos eran en realidad sus sitios favoritos para dar rienda suelta a sus pasiones. Ahí se daba cita con sus amoríos, organizaba placenteras sesiones de sadomasoquismo con hombres o mujeres y convocaba a desconcertantes fiestas en nombre de la “diversidad del erotismo”.

Ante la elocuencia de sus dichos, el inventor fue considerado casi inocente por todos. Sentado en el banquillo de los acusados con cara de quien no mata una mosca, convenció a todos de que trataba siempre a las mujeres con gentileza y respeto, de que nunca le haría daño a nadie, de que sus “preferencias sexuales diferentes” no tenían que hacer de él un asesino necesariamente.

Madsen parecía haberle sacado la vuelta a un internamiento psiquiátrico. Parecía feliz, hasta que salieron a flote las bolsas de plástico con la cabeza, los brazos, torso y piernas de Wall, fondeadas con objetos metálicos.

Madsen, en efecto, es un científico loco. Ahora está en espera de sentencia.

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