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Lunes , 18.03.2019 / 10:07 Hoy

Economía empática

Los frenos de siempre

Héctor Farina Ojeda

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Las proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) que auguran que en 2018 la economía mexicana se desacelerará y tendrá un crecimiento menor al 2 por ciento ya ni siquiera son dignas de las noticias, sino más bien de un recordatorio acostumbrado en los últimos años. Como en el mito de Sísifo, que siempre subía una roca por una cuesta para que finalmente terminara cayendo y empezara todo nuevo, los augurios de desaceleraciones y frenos han sido tan recurrentes como los números inamovibles de la pobreza, las estadísticas de desigualdad, los empleos precarios y los malos salarios.

Aunque las previsiones oficiales dan cuenta de que el crecimiento sería del 3 por ciento en 2018, al tratarse de un año electoral y con la incertidumbre de los resultados de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), lo más lógico sería que el FMI tenga razón, en este caso. Detrás de las coyunturas, buenas y malas, todavía no se ha podido lograr que el motor interno tenga la suficiente potencia como para crecer a pesar de las crisis, de los años electorales y de las dependencias de factores externos.

Y como un recuerdo sincronizado de que el crecimiento es insuficiente, los datos apuntan nuevamente a México como el país de mayor desigualdad en cuanto a ingresos de los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Nos encontramos ante la imperiosa necesidad de hacer crecer la economía y de distribuir mejor los ingresos, pero ni el repunte alcanza ni la distribución es buena. La larga discusión sobre el aumento de los salarios y la recuperación del poder adquisitivo está perdiendo la carrera frente a la suba de precios, a la incertidumbre y a la pobreza que cada vez es más profunda.

El escenario que se presenta no es el mejor para ser antesala de un año electoral: la suba de precios ha generado descontento a lo largo del año, los empleos siguen siendo precarios y no se espera que las condiciones generales mejoren en 2018. Todo esto nos posiciona ante la esperanza de empezar a revertir los malos indicadores recién en 2019, luego de las turbulencias de las renegociaciones, las elecciones y otras coyunturas internacionales.

Sin embargo, detrás de los frenos y de la falta de impulso hay problemas no resueltos que fungen como verdaderas anclas: un problema educativo que deriva en baja productividad, mala competitividad y poca innovación; la corrupción que echa a perder las buenas iniciativas, los buenos proyectos y el funcionamiento de la economía en su conjunto; la escasa inversión estratégica en ciencia, tecnología y emprendimientos, así como el limitado apoyo que tienen los visionarios, los que quieren transformar la realidad a partir de una buena idea.

El futuro de la economía mexicana no se juega en las negociaciones externas sino en las buenas decisiones internas, en la apuesta por la gente y por los buenos proyectos. Es ahí donde debemos destrabar el potencial para luego despegar.

@hfarinaojeda

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