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Sábado , 16.02.2019 / 00:13 Hoy

Economía empática

La precariedad, un toque de alerta

Héctor Farina Ojeda

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La huelga de los trabajadores de las empresas maquiladoras en Matamoros, Tamaulipas, es una muestra de una situación que desde hace tiempo ha encendido luces de alerta: el malestar laboral debido a los bajos salarios, las malas condiciones laborales, la precariedad y el cada vez menor poder adquisitivo, todo junto en un paquete en el que el resultado se percibe en un empobrecimiento de los trabajadores y en un consecuente malestar social. Estamos en una economía que no genera suficientes empleos formales, que tiene al 60 por ciento de sus trabajadores en la informalidad, y que además tiene a la mitad de la población en la pobreza.

No deja de ser metafórico que el reclamo se haya dado en las maquiladoras. Mientras la cantidad de los empleos requeridos no se ha alcanzado en muchos años, el problema de la calidad se ha agudizado: los empleos no sólo tienden a ser más precarios, más inestables y menos seguros, sino que los salarios son cada vez menos rentables. Si donde hay contratos colectivos y sindicatos hay precariedad laboral, imaginen lo que se puede esperar en la informalidad.

La tendencia de precarización de los empleos no es particular sino que es un fenómeno amplio que ha tenido impacto fuerte en los países latinoamericanos, precisamente en donde las economías son más informales, las leyes más laxas, la corrupción más abundante y la formación profesional de los trabajadores más endeble. En este mercado precario e incierto, la fuerza de trabajo no necesariamente significa ingresos suficientes ni mucho menos una certeza en cuanto a la calidad de vida. El concepto del empleo digno está en entredicho: de los tiempos en los que todo trabajo era sinónimo de dignidad pasamos al tiempo en el que los trabajadores esperan que el adjetivo “digno” se traduzca en ingresos dignos, condiciones dignas, prestaciones dignas, estabilidad digna y, en síntesis, una vida digna.

Estamos ante un malestar en el mercado laboral en el que se conjugan los problemas de productividad, los salarios bajos, el crecimiento insuficiente, los empleos de mala calidad, la escasa formación profesional, la concentración de la riqueza y la mala distribución de los ingresos, así como la enorme necesidad de la población de conseguir ingresos mediante su fuerza de trabajo. Algo no funciona bien cuando vemos que los mexicanos son los que más horas trabajan dentro de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con un total de 2400 horas por año, pero sus ingresos son diez veces menores a los de un alemán que trabaja la mitad del tiempo.

Y como si la metáfora no fuera suficiente, el malestar de los trabajadores se da en el sector manufacturero, el más amenazado por la automatización: los pronósticos apuntan a que los empleos mecánicos en fábricas serán los más afectados por la tecnología, por lo que se perderían muchos puestos. De esta pequeña muestra, podemos preguntarnos cómo se combatirá la precariedad laboral y cómo se reinventará el mercado antes de que la automatización golpee más fuerte.


@hfarinaojeda



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