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Martes , 23.04.2019 / 07:41 Hoy

Economía empática

La desigualdad presente

Héctor Farina Ojeda

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Basta con caminar por las calles de Guadalajara o alguna ciudad mexicana o latinoamericana para encontrarse con la desigualdad en su más cruda expresión: desde niños que piden una moneda hasta ancianos que buscan la solidaridad mínima para que puedan comer ese día. La lista de ejemplos que nos muestran la desigualdad sería interminable. Con cerca de la mitad de la población en la pobreza, con 9.3 millones de personas en pobreza extrema -que no tienen ingresos suficientes ni para comer- y con una brecha gigantesca entre los más acaudalados y los más pobres, vivimos en uno de los escenarios más desiguales de América Latina.

Es para escandalizarnos que ni las cifras ni las postales vivientes de la pobreza en cada esquina sean ya motivo de escándalo. Cada vez hay más personas pidiendo monedas, solicitando apoyo, buscando algún empleo temporal o esperando que la solidaridad ajena contribuya a paliar la falta de equidad en cuanto a la distribución de la riqueza, de los ingresos y las oportunidades. Pero al mismo tiempo se amasan grandes fortunas, los corporativos crecen y se negocian grandes acuerdos. Como si todos se hubieran puesto de acuerdo para polarizar a la sociedad y ensanchar la división entre los mundos de los que ganan demasiado y los que ya ni para perder tienen.

En el país de los contrastes, coexisten la universidad más grande de Latinoamérica y 32 millones de personas con rezago educativo; la riqueza del petróleo contrasta con la pobreza de los que viven en zonas petroleras; el uno por ciento de la gente más rica gana más que el 50 por ciento de los más pobres, en tanto una persona que nace dentro de la franja del 20 por ciento de la población con menores ingresos, tiene sólo el 4 por ciento de probabilidad de llegar al 20 por ciento de mayores riquezas. Y hasta el trabajo aparece como divorciado de la mejoría de la calidad de vida: los mexicanos son los que más horas dedican al trabajo dentro de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), pero el salario mínimo es diez veces inferior al de un alemán, quien trabaja la mitad de horas.

La desigualdad es tan profunda que sus efectos económicos, sociales y culturales representan ya una tragedia. Millones de niños y jóvenes no reciben educación de calidad, no gozan de protección en materia de salud y probablemente nunca llegarán a la universidad ni tendrán un buen empleo que les permita una alternativa diferente a la pobreza. No hace falta que busquen las estadísticas: pueden verlos a los ojos en algún semáforo o merodeando por las calles. Tenemos un escenario desigual que reproduce la pobreza.

Y aunque debemos admitir que las políticas no han funcionado para minimizar la desigualdad y la pobreza, no podemos quedarnos en la indiferencia. Necesitamos recuperar lo público como sinónimo de calidad -escuelas, hospitales, plazas, seguridad, etc.-, potenciar la calidad educativa y aprovechar la tecnología como herramienta para generar cambios. Con estas tres cosas podemos reinventar el escenario.

@hfarinaojeda

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