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Viernes , 26.04.2019 / 09:50 Hoy

De reformas y estancamientos

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¿Cuántas veces se puede reformar todo para que todo quede igual? Supongo que muchas, aunque parezca una contradicción. Pero más allá de que no se den los grandes cambios esperados cada vez que se emprende una reforma en la economía, en la educación, en la política o en algún sector específico, la idea de la inmutabilidad de los males que se intentaron combatir debe ser la más frustrante. Como cuando se aplican nuevos esquemas y cambios radicales en el sector educativo pero no mejora la calidad de la educación. O cuando se espera que el resultado sea un crecimiento económico importante que nunca llega.

Como si fuera una evocación al eterno retorno o un dejavú, en 2017 no se lograron los resultados esperados en la economía luego de las reformas: ni en el crecimiento ni en el impacto a problemas estructurales como la pobreza, la inequidad y el mercado laboral precario, según el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC). Si bien como efecto positivo de las reformas se esperaba un repunte de 5.2 por ciento el año pasado, la cifra real apenas ronda el dos por ciento. Curiosamente, dicho dos por ciento ya parece una barrera infranqueable en el promedio de las dos últimas décadas.

Es inevitable retrotraernos a escenarios como el de la década de los 90, cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) auguraba prosperidad y bienestar…pero la pobreza, la precariedad y la desigualdad no sólo se mantuvieron sino que incluso aumentaron. O cuando hace poco más de diez años se realizó un diagnóstico para tratar de resolver el gran enigma del porqué la economía mexicana hacía bien los deberes pero pese a ello no lograba tasas de crecimiento importantes. La conclusión de entonces fue que el problema no era económico sino educativo: las reformas no bastaban para generar riqueza, empleos de calidad y combatir la pobreza. Se requería de una población educada, con más conocimientos y habilidades para ajustarse a las exigencias de un mundo competitivo.

Basta con ver que la cuestión educativa sigue postergada, con enormes problemas para abarcar con calidad a las nuevas generaciones, así como la ciencia y la tecnología siguen con una inversión ínfima pese a que estamos en la economía del conocimiento y que tenemos la referencia de que las naciones más ricas son las que más invierten en lo científico y lo tecnológico. La pregunta ya no debería ser qué se debe reformar sino cómo hacerlo para que los resultados sean concretos y los beneficios distribuidos para combatir los males sociales.

Las reformas desde arriba no han logrado filtrarse hasta donde se necesita. Ni el crecimiento ni la riqueza ni las oportunidades alcanzan si se quedan concentradas en pocas manos. Es tiempo de entender que las reformas se hacen con la gente, con una inversión en su educación y su salud, con una apuesta por darles herramientas para emprender, innovar y crecer. No son las reformas, es la educación. Aquí está el desafío.

@hfarinaojeda

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