Uno de los puntos pendientes en las economías latinoamericanas es la competitividad: siempre con problemas de baja productividad, de insuficiente infraestructura y escasa innovación. Es una cuestión añeja de la que se habla cada vez que los estudios internacionales muestran las falencias y cada vez que queremos saber por qué nuestras economías no crecen como debieran.
Precisamente, el Ranking Mundial de Competitividad 2026, realizado por el International Institute for Management Development (IMD) da cuenta de que Chile es la economía mejor ubicada: ocupa el puesto 43 de un total de 70 países evaluados. Le siguen Puerto Rico en el lugar 52, Argentina en el 58, Colombia en el 59, Perú en el 60, México en el 62, Brasil en el 65 y Venezuela en el puesto 70. Todos muy lejos de Singapur, ese pequeño país asiático que se ubica en el primer puesto de las economías más competitivas del mundo.
No es la primera vez ni el primer ranking que encabeza Singapur: se trata de una de las economías más sólidas, innovadoras y planificadas del mundo. Hace apenas 60 años, este país tenía una inmensa pobreza y se reinventó a partir de una inversión extraordinaria en educación. En menos de cincuenta años se convirtió en una de las grandes potencias económicas a nivel mundial pese a ser una isla pequeña que prácticamente no posee grandes recursos naturales. Su principal activo con el que lograron erradicar la pobreza fue la educación de su gente.
En cambio, el informe del IMD dice que la mayoría de los países latinoamericanos no tienen buena competitividad debido a la baja productividad, la infraestructura insuficiente, la debilidad institucional, la escasa innovación y las limitaciones para hacer reformas a largo plazo. Todos estos son problemas de organización y de decisión: en América Latina nos cuesta mucho –demasiado– planificar para el mediano y largo plazo, así como invertir en lo que estratégicamente se requiere, como educación, ciencia y tecnología.
Cuando los estudios refieren que los problemas de baja productividad y de innovación insuficiente, hay que pensar que detrás de todo esto se encuentran la mala calidad educativa, la escasa inversión en ciencia y tecnología, y la precariedad laboral que se hace que siempre se produzca en condiciones de adversidad. Cada vez que los resultados de la Prueba Pisa u otros informes dicen que los resultados son malos en cuanto a comprensión de lectura, ciencia o matemáticas, en realidad también nos dicen que la productividad será mala y que los resultados en la economía seguramente serán igual de malos.
La competitividad parece un ente ausente que solo aparece en los informes y que no se atiende desde la educación o las inversiones estratégicas. Tenemos que mirar lo que hacen los países que han obtenido grandes logros económicos, como Singapur, para seguir esa referencia e ir mejorando nuestras economías desde dentro. Es un trabajo que debe ser planificado, minucioso y constante. De lo contrario, los malos resultados nos perseguirán siempre, aunque solo se hable de ellos esporádicamente.