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Día con día

La isla inmóvil

Héctor Aguilar Camín

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Dice Caparrós que caminar por La Habana despierta su melancolía. Mejor dicho, que la ciudad emite melancolía, de todos los tipos, para todos los registros.

“Es la ciudad”, escribe Caparrós. “que prometió cambiarlo todo gracias a la revolución. Y la que ahora, en nombre de esa misma revolución, frena todo cambio. Quizá sea la capital más hermosa del idioma español. Y a la vez es un lugar roto y triste, lleno de contradicciones, donde cobra más un taxista que un médico y el tiempo parece haberse parado hace varias décadas” (https://bit.ly/2Wb8Tsv).

La Habana está llena de historia y de historias, pero lo que no se encuentra en ella es algún trazo verosímil de futuro.

La Habana, como Cuba, espera sin saber qué, mientras el mundo, sus casas, sus escuelas, sus edificios, sus alcantarillas, sus parques, se desmoronan paso a paso, piedra a piedra.

Referí ayer la historia del suntuoso edificio neoclásico que la Revolución repartió en los años 60 a 30 familias. Quedan solo ocho de aquellas familias, a salvo entre las ruinas.

Queda una mujer a la que Caparrós llama Ella, en alusión literaria, supongo, a la Ella de Guillermo Cabrera Infante, la Ella que cantaba boleros en La Habana suntuosa de antes de la Revolución.

La Ella de Caparrós llegó de niña a este edificio en 1976. De entonces para acá se graduó de enfermera, se casó, tuvo dos hijos y sobrevivió a la ruina andante donde vive aún.

Caparrós le pregunta si no tiene miedo de seguir viviendo ahí. Ella contesta: “¡Claro que tengo miedo! ¿Cómo no voy a tener miedo? Esto se viene abajo, imagínate, cada vez que oyes un ruidito el corazón se te para, te piensas que se viene el derrumbe”.

Caparrós le pregunta por qué se queda. Ella contesta: “¿Y qué quiere, que duerma en la calle? Esto es lo único que tengo. Yo soy pobre, no puedo irme a ningún lado. Lo único que puedo hacer es esperar”.

Es lo que hace toda la ciudad, toda la isla, toda la historia detenida, congelada secuestrada por la Revolución cubana: esperar entre las ruinas un futuro del que no tienen más noticia que las propias ruinas.

hector.aguilarcamin@milenio.com

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