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Jueves , 21.03.2019 / 14:57 Hoy

Doble mirada

Crimen en CdMx: no es igual, es más complejo

Guillermo Valdés Castellanos

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El operativo de la Marina contra el líder del cártel de Tláhuac y el apoyo social dado a Felipe Pérez Luna, El Ojos, de una parte de la comunidad donde vivía y operaba, revelaron con contundencia y cierta claridad la complejidad de la presencia y modos de operación del crimen organizado en Ciudad de México.

No hay un crimen organizado en México; hay muchos y sus características dependen de múltiples factores, desde las actividades delictivas que llevan a cabo; su estructura y organización interna; el territorio en el que operan; las relaciones que establecen tanto con el mundo político como con las comunidades sociales y la estructura económica donde están asentados. Las relaciones entre organizaciones delictivas y sociedad son un factor decisivo, pues los ciudadanos pueden optar por colaborar, tolerarlas o combatirlas.

El crimen organizado de CdMx no se parece mucho al “cártel” de Sinaloa y en eso es en lo único que tiene razón Miguel Ángel Mancera, pero eso no es un consuelo ni mucho menos, ya que en la capital las organizaciones criminales tienen otros rasgos que las hacen mucho más peligrosas y dañinas. A reserva de disponer de más información, en el caso de Ciudad de México, desde mi punto de vista, dos serían las características que les dan identidad.

La primera es que adoptaron el modelo creado y difundido por Los Zetas: organizaciones que no son productoras de drogas, solo comercializadoras en el mercado interno, es decir narcomenudistas. Ese negocio lo complementan con la actividad propiamente mafiosa: la venta de protección (extorsión a todos los giros comerciales y empresariales) y el secuestro. Juntaron narcotráfico en su modalidad de narcomenudeo con delitos de extracción de rentas sociales. En este sentido, las organizaciones de CdMx son iguales a las bandas que pertenecieron a Los Zetas o a otros cárteles (de los Beltrán Leyva) que azotan Acapulco o la Riviera Maya.

La segunda característica las hace muy diferentes a las organizaciones criminales del resto del país. Se trata de su estrecha vinculación con la economía informal (ese amplio y complejísimo mundo de organizaciones que producen y comercian enorme cantidad de bienes y servicios fuera de las normas laborales y fiscales), que también tiene un componente de economía abiertamente criminal: contrabando y adulteración de bebidas alcohólicas, piratería de todo tipo, trata de personas, etcétera. Es importante señalar que no toda la economía informal es economía criminal: una cosa es evadir al fisco y al IMSS, como lo hace el comercio en la vía pública, y otra contrabandear y vender medicinas caducas o adulteradas o pornografía infantil o asaltar en taxis piratas.

La economía informal es la forma de vida de alrededor de la mitad de la población económicamente activa de la ciudad y está organizada y controlada por cientos de organizaciones sociales de todo tipo, que a su vez tienen estrechos lazos con todos los partidos políticos (son sus clientelas). Dentro de esa densa y compleja maraña de organizaciones sociales, gremiales y político-partidistas se nutren, esconden, mimetizan, operan y extorsionan organizaciones criminales como la Unión de Tepito o el cártel de Tláhuac (que controla, entre otros negocios, los mototaxis, además del narcomenudeo y la extorsión).

Por eso no es extraño que tengan una base social de apoyo muy extensa entre diversas organizaciones de la economía informal, y nexos muy estrechos con los partidos y los gobiernos delegacionales, que son los controladores y benefactores políticos de las organizaciones de la informalidad. Los límites entre organizaciones criminales, sociedad y estructuras partidistas son, por lo tanto, muy borrosos en varias delegaciones y sectores de actividad. Negar esto no solo no tiene sentido, impide diseñar y aplicar estrategias de seguridad eficaces a un fenómeno más complejo que en otras partes del país.

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