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Lunes , 20.05.2019 / 10:02 Hoy

Columna de Gonzalo Oliveros

Tres estampas

Gonzalo Oliveros

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La tele deslumbra a López Obrador. Siempre que un conductor de televisión está frente al presidente, este se cuadra. El viernes pasado no fue la excepción, más aun cuando Jorge Ramos se apareció en la conferencia matutina.

En un inicio, Ramos le haría una entrevista a AMLO, pero el equipo de comunicación social pensó que era buena idea tenerlo en primera fila de La Mañanera.

No salió, claro, como esperaban. Las cifras que no cuadraban entre las presentadas por el presidente y los datos que argumentaba el comunicador de Univisión abrieron el debate sobre la eficiencia de un gobierno cuando la clave estaba en otro lado: ¿Cuál es la báscula real? En claridad, no distan tanto unas cifras de otras, pero lo obvio es que los gobiernos siempre darán cifras a la baja de indicadores negativos e inflarán al máximo -como pasó esta semana con los datos de trabajadores afiliados al IMSS- las cuentas que sostengan que van bien.

La piel delgada de seguidores de López Obrador floreció con rapidez. Aun entienden los cuestionamientos como ataques. Aún siguen en campaña. Aún ven como enemigo a quien señala errores. Aún no maduran.

Eso sí, del otro lado de la moneda hay distracciones igual de ridículas. Mientras el debate público se dirigía hacia las atribuciones metaconstitucionales -o la falta de ellas- sobre memorándums readaptados en Palacio Nacional, las redes se distrajeron en un detalle del vestir: los zapatos (sucios o descuidados) de un mandatario.

En el clasismo tradicional en el que está inmerso gran parte de la sociedad mexicana, tener un presidente con los zapatos sucios es inaceptable. Más aún que si se tienen unas botas de charol. En ese sector, es preferible un jefe del Ejecutivo frívolo que uno descuidado... o astuto.

Por último, un caso que me llama la atención: una ciudadana reporta que, a mitad del bosque, se erige una sucursal de un famoso restaurante tapatío. Reporteros se escandalizan y condenan la construcción. Noticieros de radio -de hecho- entrevistan al director de bosques sobre este “atropello”.

Nadie visita el lugar.

Nadie revisa fotografías satelitales que datan desde hace -al menos- diez años donde se ve que el sitio existe desde entonces.

Nadie revisa que el lugar ya había operado como concesión y que hay un reglamento -en funciones desde 2016- que autoriza este tipo de permisos bajo esas cuotas.

El ciudadano no tiene obligación de saber todos los datos. El periodista -mínimo- sí debe de investigarlo antes de gritar lobo.

Rigor, le dicen.

goliveros@me.com

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