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Miércoles , 20.02.2019 / 00:04 Hoy

Sobre héroes y hazañas

Sinestesia local

Gilberto Prado Galán

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El Diccionario Akal de Términos Literarios avisa que la voz sinestesia procede del griego, de los étimos que significan sensación y junto. 

Y agrega que se trata de un tropo que se caracteriza por la mezcla de sensaciones: visuales, auditivas, olfativas, gustativas, táctiles. 

El ejemplo más rudimental de la sinestesia, en el habla coloquial, es “se ve sabroso ese postre”. 

¿Por qué? Porque en rigor no se ve sabroso, sino que sabe sabroso. 

En alguna ocasión leí que mi buen amigo Julián Ríos, el gran novelista gallego aclimatado en París y autor de Larva, escribió con ingenio analógico la expresión sinestesia local, parangonándola, como ya intuye el lector, con anestesia local. 

Si en un ejercicio de exigencia radical, de crítica rígida o de rigor crítico, me preguntasen: “Oye, Gil, ¿cuál es tu ejemplo más nítido de sinestesia en la poesía mexicana?”. 

Respondería sin parpadear: es un pasaje/pasadizo del poema cumbre de Octavio Paz “Piedra de sol”: “el ruido (auditivo) oscuro (visual) que hacemos al morir”. 

El diccionario antes referido agrega que la sinestesia “asocia elementos que proceden de los sentidos corporales con sensaciones internas y sentimientos”. Aduce un verso de Juan Ramón Jiménez: “En el cenit azul, una caricia rosa”. 

Porque claro: caricia (táctil), rosa (visual). Y, sin embargo, mi sinestesia local favorita es cotidiana y sencilla, y acaso transparente como el corazón del agua: 

¡Qué dulce melodía! Quebremos una lanza por la sinestesia local.

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