Política

Theodor Kallifatides

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Gil cerraba la puerta de la semana cansado como si fuera un hombre de la cuarta edad. Así llegó a uno de los libros de un escritor que le gusta, y mucho: Theodor Kallifatides, un griego que emigró a Suecia, donde escribió una obra imponente. De su novela Una mujer a quien amar, Gil arroja unos fragmentos a esta página del fondo.

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Es como una obsesión. ¿Será la edad? Tal vez. Por otra parte, ¿cómo puede dejar de llorar el ser humano el paraíso perdido? Sólo hay una forma. Convencerse de que no era un paraíso.

A su vez, eso puede ser una pérdida aún mayor.

Por lo que a mí respecta, prefiero llorar por algo que tenía y he perdido que por algo que nunca tuve.

El paraíso es un símbolo poderoso, pero ¿de qué? De la felicidad absoluta, dicen muchos, y por lo que he entendido el paraíso islámico promete una serie de placeres refinados; pero el paraíso cristiano no promete ningún placer, más bien lo que caracteriza es la ausencia de todos los placeres. Promete algo así como la salvación, lo que hoy calificaríamos de arrogancia espontánea. El paraíso de los budistas es la ausencia de todo.

Dicho de otro modo, no está nada claro por qué el paraíso sigue seduciéndonos, a no ser que lo utilicemos como un símbolo de la pérdida ideal. Nacer como ser humano es sencillamente una operación perdedora. Nacer como ser humano es haber perdido el paraíso. Puede que así sea, aunque queda una cuestión: ¿por qué necesita el ser humano esa pérdida? ¿Por qué tiene que plantarse en el centro de la plaza del mundo y gritar que es un perdedor?

Una respuesta posible es que con esa pérdida la espalda puede permitirse todo tipo de cosas desagradables. No tiene nada que perder, por así decirlo. De este modo, el paraíso perdido se convierte en la coartada perfecta.

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He oído con frecuencia que uno no puede irse de su vida. Sin embargo, a eso es a lo que me he dedicado yo casi siempre. Dejé Grecia, después dejé mi lengua, escribí un libro en el que, al menos en la imaginación, dejé también mi sexo.

¿Por qué? ¿Por qué tenía y sigo teniendo una necesidad tan grande de dejarlo todo atrás? ¿Qué es lo que me seduce al otro lado?

Es la maldición del inmigrante. Como has perdido un mundo entero, tienes que recibir un mundo entero a cambio.

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Uno no debe ponerse a amueblar la nostalgia, porque entonces corre el riesgo de acomodarse en ella.

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Prefiero una buena frase antes que una buena cena. Al mismo tiempo, tengo mis excesos. Nunca me contento con la verdad desnuda, por ejemplo. Quiero vestirla con un atuendo elegante, elevarla, ampliarla, reducirla, maquillarla. Probablemente por eso me hice escritor y no filósofo. Escribo para un lector. Un buen filósofo está dispuesto a perder a todos sus lectores por la verdad, mientras que la mayor verdad para mí es el lector.

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La verdadera libertad no es […] vivir como queremos, sino no impedir a otros que vivan como ellos quieren.

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¿Qué abusos no cometemos cuando intentamos comprender a otro ser humano, sobre todo cuando lo queremos? ¿Qué soberbia la de atribuir a la gente ciertos pensamientos y otros no?

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Si uno tiene grandes sueños cuando es joven, acabará llorando mucho cuando es mayor.

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Cada sociedad se organiza en torno a un concepto del sentido de la vida y cuando te mudas de una sociedad a otra, también te mudas de un sentido a otro. Te ves obligado a escoger, puesto que no puedes vivir tu vida como una coma entre dos oraciones.

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Alguien dijo que si uno no puede morir por algo, a la postre muere por nada.

¿Habría algo por lo que yo pudiera morir?

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Era una pregunta antigua. La mayor parte del adoctrinamiento ideológico cuando crecemos era precisamente aprender por qué merece la pena dar la vida.

No faltaron candidatos. El Rey, la Patria, la Fe, la Familia, la Constitución, el Ejercito, la Gloria, el Futuro, la Humanidad, el Arte.

El hecho es que yo he creído en todo eso en distintos períodos de mi vida. El proceso que podríamos llamar madurez en mi caso no fue otra cosa que una ardua lucha para liberarme de esa herencia.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero trae la charola que soporta la botella de Grey Goose, materia prima del ganso salvaje, Gamés pondrá circular estas frases de Kallifatides: “(…) las personas intensas son como corrientes poderosas, se llevan por delante todo lo que encuentran a su paso”

Gil s’en va


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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