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Domingo , 21.04.2019 / 22:21 Hoy

Uno hasta el fondo

Leer la cartilla

Gil Gamés

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Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil hizo un descubrimiento mayor. La Cartilla Moral de Alfonso Reyes, que el Presidente Liópez Obrador le regaló a los viejitos y las viejitas, forma parte de la austeridad republicana. El gobierno ahorrará mucho dinero en esos ansiolíticos e inductores del sueño que muchas veces necesita el pueblo para dormir tranquilo. Se acabó ese gasto superfluo.

A eso de las diez de la noche usted abre su edición gratuita de la Cartilla, lee durante ocho minutos y de inmediato cae en los brazos de Morfeo. Dice Reyes: “Todas las religiones contienen también un cuerpo de preceptos morales que coinciden en lo esencial. La moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el cristianismo. El creyente hereda, pues, con su religión una moral hecha. Pero el bien no solo es obligatorio para el creyente, sino para todos los hombres en general. El bien no solo se funda en una recompensa que el religioso espera recibir en el cielo. Se funda también en razones que pertenecen a este mundo. Por eso la moral debe estudiarse y aprenderse como una disciplina aparte”. Zzz.

Se acabó el insomnio. Adiós al Tafil. Hasta luego a las benzodiacepinas, la Cartilla no sabe fallar. Cierto, por favor, tenga mucho cuidado, una sobredosis de Cartilla lo deja a usted como la Bella Durmiente del Bosque.

Predicar

Van a perdonar a Gilga, pero la Cartilla es un sermón infumable sobre la bondad y la felicidad y el bien. Don Alfonso la escribió para la “campaña alfabética” después de la Revolución y se publicó en 1944. Se la pidió Torres Bodet, y a éste quizá se lo encargó el ex presidente Ávila Camacho. El patriarca de las letras nacionales seguro cobró algún dinero que le calentó el catre por un tiempo y luego se olvidó para siempre. Cuando los escritores sermonean, todo acaba mal para ellos y para sus lectores.

Oiga, Jaime. Dígame, señor Presidente. ¿No tendremos algún mensaje sobre el bien y la felicidad y esas cosas? Ya ve: con la guerra los valores crujen. Debemos ser buenos. Torres Bodet se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó en voz alta (desde allá viene ese gesto histórico). Le voy a preguntar al Gordo, a ver qué tiene en sus cajones. ¿A quién? A Poncho, Presidente, a Alfonso Reyes. Lo malo es que aburre al más plantado.

Ahora mal sin bien, Gil ofrece sin costo alguno un consejo a la 4T. Agreguen a la Cartilla el ensayo “Ciencia y deber social”, el texto “Homilía por la Cultura” y lo que tendrá el Presidente será un poderoso anestésico que provocará una estampida. Nunca más robaremos un peso, pero por piedad no nos obliguen a leer esas páginas aterradoras. Así también puede combatirse la corrupción. ¿Cómo la ven? Dicho esto sin la menor intención de un albur erudito.

Moral

Gamés ha llegado al punto: ¿debe un gobierno dar lecciones de moral a la sociedad que gobierna? No, definitivo. Que cada quien haga de sus partes un papalote y, si no afecta a otros, dejemos que haga lo que mejor le venga en gana, si no comete un delito. Nadie tiene la obligación de ser feliz, ni de ser bueno, ni de recibir lecciones de bondad. El siguiente paso después de este paraíso de sentimientos maravillosos consiste en decirle a las personas cómo pensar y cómo actuar. Y luego la heterofobia, el temor y el odio a los otros, a los distintos, a los extraños.

Gilga lo dice rápido: que cada quien se avenga (no empiecen) a su moral y construya con ella su carácter, su familia, su vida. En cambio, el gobierno sí está obligado a darle seguridad a quienes gobierna, si no puede asegurarlos, la cosa va mal, muy mal. Gil piensa (ya empezamos con las jactancias): dejemos a don Alfonso en paz y a la moral en casa; presentemos mejor a la red de huachicoleros que se roba 60 mil millones al año y que según dice el Presidente ocasionó la crisis de la gasolina.

Todo es muy raro, caracho, como diría Hölderlin en “Patmos”, su gran poema: “Donde hay peligro crece lo que nos salva”.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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