Gil se enteró de que Julian Barnes se despedía de la novela con un libro: Despedidas. Al mismo tiempo encontró un breve volumen: Mis cambios de opinión, (Anagrama, 2025, trad. Jaime Zulaika). Gamés trae a esta página del fondo algunos subrayados.
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Analicemos la cuestión de la memoria. Con frecuencia es un factor clave en nuestros cambios de opinión: necesitamos olvidar lo que creíamos, o al menos olvidar la pasión y la certeza con que lo creíamos, porque ahora creemos en algo distinto que sabemos más verdadero y profundo.
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Sabemos que los recuerdos se deterioran. Que cada vez que sacamos un recuerdo de su taquilla y lo exponemos, lo alteramos un poco. Y por eso es probable que las historias personales que contamos con mayor frecuencia sean las menos fiables, porque las vamos modificando sutilmente a lo largo de los años.
A veces no hace falta que pasen los años. Tengo un viejo amigo, un notable narrador, que en cierta ocasión, en un mismo día y en mi presencia, contó la misma anécdota a tres audiencias distintas con finales diferentes. De vez en cuando es saludable constatar que nuestros recuerdos pueden llegar a ser recuerdos ajenos, no sólo respecto a los sucesos, sino también a cómo éramos en la época en que tuvieron lugar.
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Llevo toda la vida escribiendo y leyendo palabras. Con ellas construyo mi visión del mundo exterior, tanto el real, en el que vivo, como los de ficción, los que creo. Empiezo leyendo palabras en un periódico impreso y lo termino antes de apagar la luz con una revista o un libro. Creo profundamente en las palabras, en su capacidad de representar el pensamiento, definir la verdad y crear belleza. Soy igualmente consciente de que con frecuencia se emplean palabras con propósitos opuestos: enturbiar la verdad, tergiversar el pensamiento, mentir, calumniar y generar odio. Creo también que las palabras son móviles, resbaladizas, metafóricas.
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Ahora que soy adulto, veo a veces Question of Time en la televisión con una mezcla muy parecida de horrorizada admiración. Nadie se detiene a respirar, nadie duda. Y, sobre todo, me he percatado de que nadie cambia ni ha cambiado nunca de opinión. Ninguno de los tertulianos se deja convencer por los argumentos del otro, nadie dice nunca “Ah, ahora caigo, usted tiene razón y yo estaba equivocado”. Sus opiniones, las exprese una mujer o un hombre, son como irrenunciables símbolos viriles.
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Yo tardé más en interesarme por la política. La consideraba una plaga que invadía nuestras casas, y creía que la vida personal y artística era mucho más importante que la política. Bueno, lo sigo creyendo, y con la misma intensidad. Jamás me he afiliado a un partido político y sólo en dos ocasiones he participado en una manifestación. Sin embargo, nunca he dejado de votar, aunque no soy partidario de hacerlo obligatorio, como en Australia, creo que constituye un deber tanto personal como cívico, aun cuando uno vote en contra y no a favor de algo.
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Si leer es uno de los placeres —y de las necesidades— de la juventud, releer es uno de los placeres —y de las necesidades— de la madurez. Sabemos más cosas, comprendemos mejor la vida y la literatura, y tenemos la posibilidad adicional de contrastar al joven que fuimos con el adulto que somos.
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Y luego está la muerte en sí misma. Ahora que encaro mis últimos años como septuagenario, es natural que haya pasado por el trance de ver morir a un buen número de allegados; actualmente hay a menudo un momento en que mis amigos más íntimos y yo nos preguntamos, a veces con total franqueza, cuál de nosotros asistirá al entierro del otro. Pero antes tiene que producirse su muerte. Estar al lado de alguien a quien la medicina ha mostrado el pulgar hacia abajo nos arroja a una turbina de emociones. Hay cosas que decir y cosas que callar; preguntas que hacer y preguntas que omitir.
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Como todas las semanas, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta la botella de Grey Goose, Gamés pondrá a circular las frases de Julian Barnes por el mantel tan blanco: “Vivimos dentro del tiempo; nos rodea y nos envuelve; marca nuestros comienzos y nuestros finales”.
Gil s’en va