Política

José Luis Martínez S.

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Gil celebra desde esta página del fondo el reconocimiento que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le entregará a José Luis Martínez S., director del suplemento cultural Laberinto y colaborador de las páginas de su periódico MILENIO. Se le conoce como el Premio Fernando Benítez al Periodismo Cultural y lo han recibido escritores y periodistas de fuste y fusta. Nadie más indicado para recibir este premio que Mártinez S., pues le ha dedicado sin pausa su vida al periodismo. José Luis Martínez S. ha contado y recontado de la influencia que tuvo en su vida el periodista Vicente Ortega Colunga. Martínez le heredó a este periodista de la vieja guardia la inteligencia y la generosidad, los fulgores de la noche, el conocimiento de los misterios urbanos y sus luces nocturnas. La prosa se la puso encima el mismo Martínez en sus lecturas y andanzas en la noche iluminada. De su libro El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo, 2016) Gilga arroja algunos fragmentos incandescentes de una ciudad desaparecida. Aquí vamos.

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Después de mi primera visita con don Vicente (Ortega Colunga), muchas otras veces subí las amplias escaleras que conducían a la entrada del Can Can, una elegante construcción porfiriana, en busca de modelos para la revista. Allí nunca logré convencer a nadie, pero veía el espectáculo y platicaba con las vedettes más jóvenes, mientras esperaban el momento de su actuación. Los vigilantes y los meseros me conocían; les llevaba ejemplares de Su otro yo y me dejaban sentarme en algún rincón, cuando no me iba a los camerinos.

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Leí demasiado tarde la advertencia de Jean-Paul Sartre en las primeras líneas de La náusea: “lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías”. Yo no anoté nada y el saldo de mis olvidos es considerable. Publiqué, es cierto, algunos textos que me previenen contra los espejismos de la nostalgia, pero muchos recuerdos se han perdido.

Mi pasado es un enorme agujero negro —podría decir siguiendo al filósofo francés— y a veces me desespero por no haber logrado retener nombres, rostros, miradas, calles, edificios, lugares de la ciudad de mi infancia y mi juventud. Los años y el descuido me han despojado de imágenes que pensé perennes. Sin embargo, algunas, extrañamente, no sólo permanecen sino que vuelven con insistencia.

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Don Vicente me encargó, en abril de 1981, la reseña de un libro con el que yo terminaría de torcer el camino: La mujer de tu prójimo, de Gay Talese, una profunda investigación acerca de la vida sexual en los Estados Unidos.

Entusiasmado con el nuevo periodismo estadunidense, tenía a Talese entre sus favoritos (…) Don Vicente apenas estaba revisando La mujer de tu prójimo; cuando me llamó, me dijo que comprara otro ejemplar e hiciera una nota (…) Leí con avidez sus 493 páginas, y de pronto todo cobró sentido. En la 488, Talese, quien siempre habla de sí mismo en tercera persona, escribe que, en los años cincuenta, era un joven conservador y ambicioso que eligió una de las pocas puertas abiertas al vuelo de la imaginación. Se convirtió en periodista y, de este modo, obtuvo licencia para saltar sobre su timidez innata, satisfacer su mordiente curiosidad y explorar las vidas de los individuos que consideraba más interesantes que él mismo.

Me identifiqué con él. Huraño por naturaleza, el periodismo me permitía relacionarme con gente extraña, atisbar sus biografías y su manera de pensar. Como él, también quise indagar sobre el mundo del sexo y durante los primeros años ochenta realicé crónicas y reportajes sobre la prostitución en la Ciudad de México; la primera experiencia sexual de mujeres menores de 20 años; las salas de masajes; los valores de las vedettes y algunos otros asuntos. Se me olvidó que pude haber entrevistado a René Eclaire, James R. Forston, y Vicente Ortega Colunga, editores de las revistas eróticas más importantes de ese tiempo: Sir, Eros y Su otro yo.

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Como todos los viernes, Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero acerca la charola con la botella de Grey Goose, materia prima del Ganso Salvaje, Gamés pondrá a circular estas frases: “Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén”. 

Gil s’en va


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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