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Viernes , 26.04.2019 / 07:12 Hoy

Uno hasta el fondo

Cristos dolientes

Gil Gamés

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La Semana Mayor se acercaba, Gil meditaba (aba-aba) acerca de la gravedad de los días que corren. El juicio, la decisión, la cruz, el dolor, la resignación, “no saben lo que hacen”. Gamés recordó que en otros años ha escrito una y otra vez sobre este grave tema. Aquí les ofrece esta muestra:

Rambal y anexas

De todos los Cristos representados, Gil se queda con la creación inolvidable del actor mexicano Enrique Rambal. En estos días programarán en la televisión, como todos los años, esa peculiar pasión titulada El Mártir del Calvario, dirigida en 1952 por Miguel Morayta. Consuelito Frank y Manolo Fábregas actúan para la eternidad (bueno, es un decir) los papeles coestelares de esta película inolvidable en la que Jesús habla como abarrotero de los años 50, un gachupín extraordinario al que no siempre se le entiende lo que dice y por esa razón los mercaderes del templo, más mexicanos que el mole, tardan en desalojar. Lo mismo pasa en la cruz, el ceceo de Rambal impide conocer a fondo el sufrimiento de Jesús.

Ese Cristo actuado por Rambal no tiene desperdicio, la escenografía de cartón piedra es producto de una mente genial; la resurrección entre rayos y centellas, uno de los momentos cinematográficos más extraordinarios de la historia del cine. Hay un momento en el cual Jesús-Rambal se dirige con mirada beatífica a sus enemigos políticos y les dice: en verdad os digo, con un acento español de ostia y rediez. No se la pierdan, Gil les asegura que alcanzarán la conmoción.

Si la lectora y el lector tienen mala suerte, solo podrán ver en la televisión El proceso de Cristo, dirigida en 1955 por Julio Bracho, con Enrique Rocha en el piadoso papel de Jesús y acompañado por María Teresa Rivas y Andrea Palma. Ahora mal: si la suerte los abandona en pleno Jueves Santo, los lectores sintonizarán un canal de tele con algunas paráfrasis, variantes modernas de la Pasión, verdaderos castigos divinos, crucifixiones del gusto como Cristo 70 y Auandar Anapu. Quien se acuerde de los milagros de Auandar, no podrá negar que frisa los sesenta y tantos años.

Por cierto, a Gil no le gusta La pasión de Cristo dirigida por Mel Gibson. Si se trata de ver casi dos horas de tortura, no cuenten con Gilga. El tradicional relato cristiano acerca de la violenta muerte de Jesús después de terribles vejaciones impresiona, pero sobre todo aburre al autor de Uno hasta el fondo. A Gilga le gustaba más el Cristo clásico, un poco hippie, de pelo largo y mirada perdida, como si hubiera fumado hierba; ese Nazareno con las rodillas raspadas, como si se hubiera caído de la motocicleta, le simpatizaba a Gamés porque en casa de su abuelita de él había uno de estos Cristos. El Nazareno de Mel Gibson parece un hombre que cometió la imprudencia de caminar a solas por la colonia Buenos Aires un viernes en la noche.

Olviden los lectores a Cristo en la cruz por un momento y explíquenle ustedes a Gil por qué diablos mientras el mundo entero se va de vacaciones, él está aquí sentado tecleando sonseras en su ordenador (la influencia de Rambal es terrible). La servidumbre del artículo, la maldita esclavitud de la entrega diaria.

Cristo

Gil soñó que Juanga regresaba de la nada y atravesaba el umbral de Palacio Nacional. El Presidente lo recibía gustoso y lo invitaba a unirse a la cuarta transformación. Juan Gabriel aceptaba con una condición: actuar cada año a Cristo en la conmemoración de la Pasión de Iztapalapa. Eso sí, en lugar de cuerdas en las muñecas atadas al madero, Juanga llevaría suaves pañoletas de seda; en vez de la terrible corona de espinas, Juanga pidió una corona de flan napolitano; y cuando un centurión romano le impondría el ácido vinagre en la boca seca de los dolores, Juanga recibiría helado Häagen-Dazs de vainilla.

El presidente Liópez Obrador aceptó las condiciones de Juanga, el secretario Torruco le impuso al Divo de Juárez una peluca y una barba, y le pusieron sobre la espalda una cruz de papel de china. Así empezaron las siete caídas mientras Juanga cantaba “El Noa Noa”. Oh, sí.

Todo es muy raro, caracho, como diría Robert Burton: Allí donde Dios tiene un templo, el Demonio suele levantar una capilla.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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