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Jueves , 25.04.2019 / 05:52 Hoy

Columna de Gabriel Torres Espinoza

Popularidad, ¿para qué?

Gabriel Torres Espinoza

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Nuestro país pasó de tener uno de los Presidentes peor evaluados del Mundo [Peña Nieto: en enero de 2017, en su registro más bajo, obtuvo un 17% de aprobación, según Reforma], a tener uno de los mejor valorados a nivel mundial [López Obrador]. De acuerdo a Mitofsky, tan sólo Rodrigo Duterte (Filipinas) y Vladimir Putin (Rusia), con un porcentaje de aprobación de 81% y 71% respectivamente, superan el nivel de popularidad del mandatario mexicano, con 67%. Sin embargo, el comparativo debe situarse bajo una acotación pertinente: Duterte, lleva 32 meses de gestión; Putin, 83 meses al frente de este cargo; y Obrador, apenas tres meses al frente del Ejecutivo Federal. Presidentes como Jair Bolsonaro (Brasil) que, con apenas dos meses de gestión, ostentan un 39% [un porcentaje particularmente bajo, puesto que en 1ra Vuelta, obtuvo el 46.03% de los votos; y en 2da Vuelta, resultó electo con el 55.13%]. El nivel que alcanza Andrés Manuel en las encuestas [en sus primeros 100 días El Financiero mide un 78% de aprobación; El Universal un 79%; y Reforma un 78%], electo con el 53.19% de los votos, no deja de ser una cifra muy alta.

Conviene preguntarse, ¿qué es y para qué sirve la popularidad de un Presidente? En principio, habría que decir que la popularidad es la expresión cuantificada de la legitimidad que tiene un mandatario para gobernar. La legitimidad y la popularidad son como la confianza: se gana día con día; y se pierde en un instante. Hay casos paradigmáticos de lo anterior: 1) el ex presidente, Carlos Salinas de Gortari, dejó la Presidencia con un 78% de aprobación y, con el ‘error de diciembre’, cualquier vestigio de popularidad sobre su mandato dejó de existir en un escasos días; 2) Lula da Silva, dejó la Presidencia con una popularidad mayor al 80%, y hoy está en la cárcel. Por supuesto, ello no quiere decir que a porcentajes altos de aprobación corresponda un deplorable juicio de la Historia o la expectativa de cárcel. Lo que se quiere advertir es que, la popularidad, no es un ‘cheque en blanco’.

¿De qué y para qué sirve la popularidad a un Presidente? Entre lo más importante figura lo siguiente: 1) para conservar o mejorar el respaldo social a su partido, en vísperas de una elección intermedia, con la intención de afianzar gobernabilidad; 2) para asegurar su reelección [lugares en los que existe]; 3) posibilita una mejor capacidad de gestión y negociación política, económica y comercial frente a los factores reales de poder en el Orbe; y 4) si se tiene o se aspira a tener una popularidad muy alta, para propiciar cambios drásticos dentro del sistema que, aun teniendo las facultades constitucionales necesarias, y un gobierno unificado [con mayoría afín en el Congreso], no se dan por añadidura. Lo cuestionable no es el nivel de popularidad de López Obrador, sino en qué se traducirá o qué buscará hacer con ella...

gabtorre@hotmail.com

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