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Lunes , 25.03.2019 / 00:53 Hoy

Semillas de conciencia

La capacidad de detenerse

Gabriel Rubio Badillo

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En una calle de una ciudad colonial, dos hombres privados de la vista, pulcramente vestidos, estaban apostados en una esquina. Uno de ellos entonaba una canción y el otro sostenía un vaso en espera de algunas monedas. El común de los transeúntes se seguían de largo; absortos en sus propios mundos y pensamientos. Una mujer se acercó de forma intempestiva, y además de depositar dinero, abrazó con efusividad al chico del vaso y le dijo algo al oído; este esbozó una sonrisa y mucha sorpresa. Acto seguido, la mujer de alejó perdiéndose entre el gentío... el joven permaneció unos segundos más con la misma sonrisa.
Ese sencillo pero espontáneo gesto, fue percibido por algunos pocos peatones que habían empezado a detenerse. En mí provocó una conciencia espontánea de que existe la sensibilidad en mucha gente. De que no todo en este mundo presuroso es indiferencia. Y podría jurar que en más de los escasos presentes, algo operó aquel detalle sincero. Lo menos importante fue el dinero. Lo más valioso fue el asomo del espíritu que anida en los humanos.
Fue quizá uno de esos momentos sutiles que no todos registran, donde el universo parece sonreír. Donde de pronto un alma pasajera vibra en una nota de empatía y contagia a otra. Y esta a su vez a dos o tres espectadores. Y así es como la magia funciona. Así es como de pronto una chispa espontánea despierta la capacidad de ponerse en el lugar de los otros. Cuando en lugar de seguirnos de largo, somos capaces de hacer un alto, de mirar hacia adentro. De dejar que la ternura surja, y ceda el paso al deseo de hacer algo, y enseguida a una acción sencilla pero valiosa. ¿De cuántas cosas no se curaría nuestro mundo si aprendiéramos a detenernos? Una pausa en el tiempo, nos vuelve capaces de inspirar a otras almas.

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