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Jueves , 18.04.2019 / 16:15 Hoy

Semillas de conciencia

Del cómo perdemos a los hijos

Gabriel Rubio Badillo

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Ningún hijo nace perdido ni con mala cabeza. Ningún hijo se sentó en las escaleras a meditar con toda premura, cómo hacerle la vida imposible a sus padres en la adolescencia. Cada acto de extravío y cada paso al desatino, deriva del ejemplo de los padres seguido punto a punto.

Un adolescente hundido en las drogas, rueda cuesta abajo en el abismo excavado con la indiferencia de sus padres. Las drogas lo hallaron antes que sus progenitores; quienes no sabían ni dónde estaba y que desconocían hasta el nombre de sus amigos. Recuérdalo: en una mente ocupada en cosas edificantes los vicios no tienen cabida.

¿Sabes por qué tu hijo vive escondido todo el día en esos audífonos? Porque no le interesa lo que tengas que decirle ahora... se le fue la infancia y la vida, esperando tu atención mientras veías la novela y platicabas superficialidades con tus amigos.

¿Te preguntas porqué que no se preocupa por ayudarte en la casa y lo único que le mueve son sus propios intereses? ¿Recuerdas esa filosofía tuya de darle todo sin ningún esfuerzo y facilitarle tanto la vida? He ahí la respuesta.

¿Te deprime verlo masacrando las horas en una pantalla de videojuegos día tras día? Se llama soledad. Imagina lo deplorable del ambiente que percibe en casa, que prefiere evadirse en un mundo virtual en esa televisión. ¿En serio te sientes ajeno a ello?

Y esas pésimas amistades que se consigue… ¿Son producto de la casualidad? ¿U ocupan el sitio que no llenaste a lo largo de los años? Quizá te sea cómodo cerrar los ojos a tu responsabilidad y dedicarte a culpar a sus amigos. O al internet. O pensar que solo tu pareja tuvo la culpa. Formas de evadirse hay muchas. Pero ninguna sirve cuando en la noche pegamos la cabeza a la almohada y tenemos qué decirnos la verdad a nosotros mismos.

Tal vez sea tiempo de que los temas de conversación en tu familia dejen de girar en torno a futbol, marcas de ropa, autos y maquillajes. Y empieces a darte cuenta que tu familia está hecha de seres humanos y no de robots. De que la esencia de la vida no se finca en comprar cosas. Esta generación no salió “mala cabeza”. Es sólo el reflejo de tus propios asuntos emocionales sin resolver.

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