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Lunes , 25.03.2019 / 00:20 Hoy

Semillas de conciencia

Aprender a dejar ir

Gabriel Rubio Badillo

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Soltarse es un arte. Abandonarse al libre flujo de los acontecimientos que no se pueden controlar, es la disciplina suprema de la confianza. Dejar partir a la gente, poder despedirnos de los que más amamos, sobre todo de estos últimos, es la prueba máxima del desapego y del temple al espíritu. Que ni la muerte ni el adiós turben tu alma pues nada nos pertenece, nada habremos de llevarnos.
La gente se marcha, todos nos estamos yendo. La muerte no te desampara, te recuerda que somos eternos y que nada está quieto. Somos como la semilla del fruto que se pudre para dar paso a una vida distinta en el árbol, para otra autorrealización que ya lleva implícita. A veces, la gente se marcha de nosotros aun en vida. ¿Para qué retenerlos? ¿Para qué pelearte con el río? Reconoce su libertad para elegir su propio camino; eso también es amor.
Por eso, no atesores, ni te aferres; porque nada ha de cambiar el curso de lo escrito. Así como baila la tierra en torno al sol, como el mar besa a la arena cuando la luna llena, como a la crisálida le salen alas de colores, como los vientos puntuales del invierno, exactamente así fue planeada nuestra vida y muerte. ¿Qué pudiera hacerte creer que nos escapamos de los ciclos? Somos el fruto del vaivén de la mano del Eterno. ¿Por qué habríamos de llorar por eso? Somos la ola que llega y se va, la luna cíclica de octubre; que dice la canción que es más hermosa, la piel mutante de la serpiente, el agua del río al mar.
Mira las hojas del maple, que se visten de dorado y naranja para morirse, la ingeniería aeronáutica desplegada en la creación de una mariposa para vivir sólo un día. ¿Podrías acaso detener todo eso? Seca las lágrimas, no hay pérdida; cambiamos de residencia, dejamos el traje, somos agua de otro río, flor de un día..

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