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Lunes , 18.03.2019 / 21:03 Hoy

Elitismo para todos

Una dudosa filantropía

Fernando Solana Olivares

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Como dice un lúcido amigo: “Va replicando el movimiento envolvente que Hernán Cortés intentó hacer contra la Huaxyacac-Antequera del siglo XVI, pero con mucho más éxito que el frustrado capitán”. El movimiento envolvente es el de Alfredo Harp Helú y su fundación, en cuya propiedad o manejo, hasta hace apenas un par de años, constaban los siguientes espacios oaxaqueños según un informe, casi todos ellos “concesionados” a través de vigencias que duran décadas y gestionados en buena parte con dineros públicos, conforme los filántropos neoliberales mexicanos suelen operar.

En el Centro Histórico: Casa de la Ciudad (media manzana), Biblioteca Burgoa-Jardín Etnobotánico-Museo de Santo Domingo (dos manzanas), Museo de Filatelia (media manzana), Museo Textil-Ex convento de San Pablo-Teatro Macedonio Alcalá (dos manzanas), Ex convento de Consolación (media manzana), casas en calle García Vigil y calle Independencia (media manzana, al menos), Fundación Harp (un cuarto de manzana). En Jalatlaco: Antigua Curtiduría (media manzana). En el Ex Marquesado: Museo del Ferrocarril-Antiguas bodegas de la estación (seis manzanas). En el Cerro del Fortín: Planetario del ITO (media manzana). En Santa Lucía del Camino: Estadio Eduardo Vasconcelos-Gimnasio Flores Magón-Polideportivo Venustiano Carranza-Ciudad de las Canteras (doce manzanas). Esto, que no es todo, solamente en la ciudad de Oaxaca.

En algunos sitios del estado también ocurre este proceso. ¿Cuál es su nombre: confiscación, privatización, transferencia, engaño legal? Hace años, a partir de la puesta en venta nacional del salinismo y su fraudulento desprendimiento de bienes del Estado y servicios públicos, la cultura se convirtió en un codiciado espacio al que llegaron grupos formados por particulares y miembros de la iniciativa privada como los de los autonombrados amigos de los museos, generalmente una plaga apropiatoria de la que las instituciones se debieron defender. Una batalla hoy perdida.

Durante tres décadas han avanzado en ese movimiento envolvente hasta adquirir edificios e instituciones históricas, manejo de fondos públicos para dichos fines, un control político absoluto sobre la cultura oficial estatal y sus dependencias y una influyente capacidad de cabildeo legislativo y federal para obtener fondos públicos y recibir donaciones populares.

Obviedades del capitalismo: tienen dinero porque hacen dinero, hacen dinero porque tienen dinero. “Si se consulta un plano —señalaba el informe— se verá que los espacios que se están incautando fuera del Centro Histórico son sitios urbanísticamente deprimidos que seguramente servirán para una remodelación del casco urbano (…) zonas marginadas de la ciudad donde se están ubicando centros comerciales que serán el punto de partida para desarrollos urbanísticos en diez años más”. Cuando todo el Centro Histórico de Oaxaca se haya entregado en comodato a la noble y desinteresada fundación harpiana, en esas zonas se levantarán casas para los desplazados. Buen negocio.

Este proceso se caracteriza, además, por un refinamiento guiado por documentos, archivos y compendios bibliográficos de casi cinco siglos, los papeles que “guardan la evolución histórica de Oaxaca”, en palabras del mismo gobierno oaxaqueño, y que se le otorgan en comodato a una entidad privada para que los custodie, estudie, explote y maneje como si fueran suyos. En lugar de invertir en la preservación y mejoramiento de sus archivos, el gobierno se deshace de ellos. Cuánta materia simbólica hay en esta transferencia de la memoria y sus registros públicos perpetrada por el mismo poder que la custodia. Acto santanesco, esperpéntico pero moderno, muy moderno: iniciativas de confiscación hechas pasar como actos de mecenazgo y filantropía filisteamente aplaudidos por élites y oligarquías.

Notas de prensa de entonces son parte de esta reseña que guarda ciertas similitudes con aquel proceso del Archivo de Egipto imaginado por Leonardo Sciascia, a partir de anales y legajos de época —en el caso literario falsos, pero en el otro verdaderos— que operan una confiscación de la legitimidad histórica. La privatización de los bienes culturales, los bienes tangibles e intangibles de la memoria común oaxaqueña a manos de una fundación que no es más que un poder corporativo dirigido por una pareja, representante de un neo-oaxaqueñismo artificial y con agenda propia.

El caldero de Xashaca siempre ofrece historias. Aquí hay una a contar.

fmsolana@yahoo.com.mx

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