• Regístrate
Estás leyendo: Invocando a las diosas
Comparte esta noticia
Viernes , 22.03.2019 / 13:10 Hoy

Elitismo para todos

Invocando a las diosas

Fernando Solana Olivares

Publicidad
Publicidad

Cuenta Robert Graves, poeta inglés, mitólogo y erudito, que cuando aún no había dioses masculinos en la Europa antigua los clanes matrilíneos formaron tribus y su reina madre, quien se consideraba descendiente de la diosa-luna, era la jefe del estado, tomaba las decisiones políticas y dirigía las tropas en la batalla.

Antes de ser renacida de la cabeza del dios griego Zeus —un truco masculino de apropiación del poder femenino—, Atenea había sido la diosa-luna del amor y la batalla, patrona de las artes femeninas, entre ellas el lenguaje (“lengua materna”, se sigue diciendo). Se llamaba Neith en el África del Norte y Anatha en Siria y Palestina. Era una madre sabia y amorosa que consolaba en la naturaleza.

A principios del segundo milenio a.C., escribe el autor de La diosa blanca, cuando los pastores patriarcales del Este gradualmente conquistaron los reinos matriarcales de Europa, fueron despojando a las mujeres de todo poder religioso y político. El cambio de gobierno significó la glorificación de lo masculino y la expulsión femenina de las artes controladas por las diosas. Así terminó el reinado del amor materno, la conciencia de participación, y surgió la hegemonía misógina, la conciencia masculina de la discriminación y de la manipulación. Terminó el mundo orgánico y comenzó el de la separación mecánica. Concluyó también la sociedad fraterna y apareció la sociedad dominante de la guerra y la jerarquía.

El cristianismo sustituyó a la religión olímpica y sus cinco diosas principales fueron negadas. Un sacerdocio masculino cristiano y célibe asumió el control de la moral pública. Su dios fue un préstamo de los judíos, adorado desde entonces como un monarca oriental del primer milenio a.C., cuyos cortesanos no cesan de alabar sus irresistibles poderes. De él aprendieron a tratar a las mujeres como seres inferiores e irracionales, “o sea, como sus esclavas innatas”.

Este dios, originalmente babilónico, mató a la diosa del mar y de la luna, Tiamet. Desde entonces, como explica el poeta, toda magia y arte femeninos serán denunciadas como blasfemas por los sacerdotes y misioneros cristianos. La falta del principio femenino representado por las diosas derivó en “Nuestra Señora” de muchas partes. Durante el lento progreso del cristianismo, un anhelo secreto por restaurar el culto de la madre diosa antigua se extendió desde los campesinos hasta las clases altas.

La mariolatría concluyó en la Virgen, la cual representa la voluntad de vivir, curar y amar, y cuya inspiración es más poderosa y confortante que el crucifijo del dios lacerado. Para Graves, la figura de Jesús que muere en la cruz es un intento equivocado por realizar profecías judías del inmediato fin del mundo y no de salvar a la humanidad como afirma la Iglesia. Esa imagen reitera la crueldad del hombre con el hombre y hacia sus mujeres. Pierde importancia espiritual porque no conforta ni consuela, solo asusta y entristece.

Escribiendo sobre todo esto más de hace 50 años desde el isleño retiro español en que vivía, Graves habló de una tarea que veía indispensable para la época: redescubrir el centro del mundo perdido, a la Diosa Madre cuyo trabajo siempre fue mantener sus tierras limpias y en paz, perdonar y curar, bendecir y proteger. Y si María ha fallado, “por ser un títere de la Iglesia, manipulada por manos desamoradas”, debe ser sustituida por una diosa inmaculada que nos exija ser dignos de ella.

La violenta teología cristiana consagra la derrota de lo femenino volviéndola dogma de fe. En Occidente, como observa Terence McKenna, ha habido una focalización constante en el ego y en el dios del ego. El monoteísmo es, esencialmente, un patrón de personalidad patológica proyectado en el ideal de ese dios: el ego varón paranoico, violento, posesivo, obseso del poder. Es la única formulación de una deidad que no tiene relación con las mujeres en ninguna parte del mito. El dios padre judeocristiano carece de madre, hermana o consorte femenina.

Por ello la religión moderna occidental es una serie de patrones sociales y un conjunto de ansiedades alrededor de un punto de vista moral particular. Lo mismo ha sido un método de ruptura constante con la relación sociosimbiótica de lo femenino y lo orgánico propia del mundo antiguo de la Gran Diosa, de Pachamama. Una ruptura con lo que Joyce llamó la “muy misteriosa matriz materna”. O Goethe describió como “el eterno femenino”.

Hablando de diosas y sus presencias terrestres, no es María reina de los cielos la manifestación de ellas entre nosotros sino una entidad que contiene, según Graves, la contrapartida no eclesiástica de lo que los cristianos llaman Espíritu Santo, la cual vigila sobre ese clan disperso que integra la única y secreta conciencia creativa de la humanidad.

El péndulo regresa al punto de origen. Lo mutilado vuelve, pues nunca dejó de estar. Corrección o terminación. Las diosas acuden al tiempo histórico cuando los fracasados dioses masculinos agonizan. Ellas serían capaces de proteger a los hombres en la falta de amor universal. Todavía Graves podría tener razón.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.