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Viernes , 19.04.2019 / 22:41 Hoy

Elitismo para todos

Fantología

Fernando Solana Olivares

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La ciencia del acoso por el pasado no resuelto: fantología. No hay felicidad colectiva pero sigue existiendo la intermitente felicidad personal, de otra manera las cosas serían intolerables.

El azar, que no existe, siempre juega con nosotros. Veintidós vuelos de Interjet se cancelan en el descomunal aeropuerto, pero no éste que ahora va y el que luego regresará sin contratiempo alguno, cumpliendo cronométricos horarios.

Oaxaca tampoco existe pero sigue existiendo. En cuanto llego a ella busco la confirmación de una historia que desde ayer, al escucharla, me obsesionó. En el cuadro que José María Velasco pintó en 1862, La catedral de Oaxaca, se representa al diablo entrando al templo vestido de negro —“flotante” dijo mi fuente—, a un paso de los escalones, mientras dos figuras lo observan.

Es lo que hago con mi amigo Jorge Pech, generoso organizador de estos días: sentarnos en los escalones de la catedral luego de haber llegado, esperar al diablo en vano y ponernos al día en los avatares de nuestro vivir, tarea asaz misteriosa.

Él me cuenta ciertas penas suyas y los grandes laureles se estremecen compasivos. Por el amplio atrio cruza Nacho Toscano, a quien invito a la presentación de una novela horas más tarde. Pasa él y tantos otros, pues en Oaxaca ya no dejan de pasar. Siempre ha sido un hormiguero, y en los últimos tiempos más.

A la noche, en el hermoso pero ahora aséptico edificio del Museo de Arte Moderno de Oaxaca, travestido en lo que podría ser una indiferente y modernizada clínica médica, se cierra un círculo iniciado años atrás. No importa que no estén ya en el museo las macetas con plantas del edén oaxaqueño ni en sus salas y corredores habite la vitalidad de hace años. Aunque hoy expone un arte inane y sin sentido, sigue siendo el Maco, lugar sagrado.

La poeta Guadalupe Ángela, los escritores Manuel Matus y Jorge Pech comentan Casa Medusa, novela cuyo gran telón de fondo es Oaxaca, ciudad que amo y odio porque aquí fui feliz unos años y súbitamente arrancado en un episodio-cicatriz existencial. Por eso siempre que vuelvo a ella mi recuerdo interviene lo que mi mente observa.

Guadalupe Ángela habla de heterónimos dentro de la novela, así la multiplica críticamente. Alude a sus cuatro círculos narrativos, sus cuatro voces. Manuel Matus se enreda entre el texto que lee y lo que opina. Jorge Pech —lo hará dos veces más con solvencia— presenta y conduce la cuestión. Pero Oaxaca se impone como personaje.

Entre el público hay gente entrañable. La amiga más divertida que tengo, Carolina, aguda como un ácido dardo risueño, dueña de un humor que alcanza lo deliciosamente delirante, se mira atenta en primera fila. Desde que fue por mí al aeropuerto me ha contado anécdotas y travesuras locas que juro no repetir.

Está presente un viejo amigo, gran pintor en Oaxaca, Raúl Herrera, quien al terminar la cálida presentación nos invita a conocer el nuevo mural que ha pintado en Los Danzantes. En el camino, sorteando turbas de propios y extraños que bajan por Macedonio Alcalá en medio del atestado parque temático en que se ha convertido el centro de Oaxaca, bromea diciendo que la obra parece más propia de un club de oficiales inglés en la India que de este lugar inagotable y febril.

El mural es de una gran belleza plástica y evocativa, tanto que borra la hermosura de las glamorosas chicas que languidecen sentadas en un sofá debajo de él. Representa un canto visual a la naturaleza en días terminales como los nuestros. Detrás de sus fondos sobre otros fondos se ven relámpagos de aves que cruzan la densa selva y a la distancia están felinos acechando: fantología estética de las mejores que se han visto últimamente. La acogedora noche se clausura con un brindis de mezcal en el estudio de Rubén Leyva, espléndido anfitrión. La noche es verdinegra y oscura, pero en ella hay luz.

Lo demás sucede de modo vertiginoso: grabo para Jorge Pech el guion del documental La marcha de los diez mil sobre el dantesco éxodo migrante centroamericano de octubre a noviembre pasado; doy una entrevista de televisión mientras veo ensayar bailes a graciosas jovencitas en la Plaza de la Danza; subo las escaleras de La Soledad y visito a la Virgen, salgo del templo como un ateo consolado por el Eterno Femenino, me tomo un helado de leche quemada con tuna afuera del atrio y mi infancia regresa en ese santo sabor. Doy limosna a un mendigo, viejo sonriente que parece niño. Un santo o un dios de visita. El viernes se presenta Este laberinto de cristal en el Colegio de Oaxaca gracias a otro querido amigo, César Mayoral. Está afónico y Jorge Pech lee su intervención. En el salón lleno el público no cesa de preguntar sobre el poder, Salinas, Colosio, la época actual. Los libros son arrebatados. El sábado imparto una conferencia sobre escritura en la ex Hacienda de San José en Atzompa, sitio en proceso de restauración gestionado por una asociación civil, la fuerza buena que alimenta esta incesante realidad.

Pero ni el tiempo ni la vida alcanzan a contarse como son. El pasado no existe: nunca existió.

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